No es agradable admitir un error. Cuando decidimos hacerlo,  ya sea delante de los colegas de trabajo o en nuestro círculo más cercano,  se convierte en una lucha interna entre reconocerlo o barrerlo debajo de la alfombra. La naturaleza humana está programada para invitar al optimismo y asumir que el éxito está a la vuelta de la esquina, por lo que gestionamos muy mal afrontar las equivocaciones.  La lectura de un artículo sobre este tema en Harvard Business Review, escrito por Dorie Clark y centrado en el ámbito laboral, me dio pie para este post con el que recomendar algunos textos que pueden ser muy útiles para aprender a gestionar estas situaciones. 

Si nos centramos en la fase posterior de una mala decisión – cuando ya se ha hecho evidente que nos equivocamos al tomarla – es fundamental nuestra capacidad de resiliencia, es decir, de nuestra capacidad para hacer frente a la adversidad de forma constructiva y salir fortalecido. Poseer un elevado grado de resistencia no es algo sencillo, pero es posible entrenarlo. Afrontar una mala decisión – o un infortunio como una enfermedad, pérdida de un ser querido, de un trabajo o de penurias económicas – dependerá de nuestra flexibilidad, capacidad de aprendizaje de la situación y nuestra adaptación al nuevo escenario.

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Cuatro puntos claves para afrontar el error, serían:

  1. Reconocer la equivocación para empezar a buscar solución. Alejarse del victimismo es fundamental. Las personas somos muy susceptibles a la excusa del costo hundido: nos amarramos a toda aquella decisión que nos ha supuesto tiempo, dinero o esfuerzo. Nos cuesta admitir que nos hemos equivocado al contratar a determinada persona, que no supimos delegar en una determinada tarea, que hicimos una mala inversión con nuestros ahorros, que no vimos las señales en el colegio que auguraban un fracaso del hij@ o que mantenemos relaciones infelices. ¿Quién no tiene un traje o un vestido en el armario que no usa nunca, pero es reacio a deshacerse de él? Aquí, además de no admitir que compramos algo que no nos gusta lo suficiente para ponernos, entra en juego procrastinar porque retrasamos la decisión de deshacernos de él.  Nos aferramos a excusas del estilo “llevamos juntos demasiado, no puedo dejarl@”, “compré las acciones a cuarenta euros y tengo que esperar a que recuperen”, “llevo tragando mucho tiempo en la empresa para ascender, no puedo salirme ahora”.  Los costos hundidos de nuestras decisiones consisten en mirar persistentemente hacia atrás. Los humanos somos los únicos animales que nos aferramos a los costes irrecuperables. Los doctores en psicología Hal Arkes y Peter Ayton publicaron un minucioso estudio en 1999 que lo demostraba. Ensayando con ratas de laboratorio, estas mostraban estallidos de actividad cuando descubrían que habían cometido un error, pero aprendían con relativa rapidez a buscar en otra parte las recompensas, lo que significaba que en ese contexto las ratas mostraban mayor “racionalidad” que los humanos. Nosotros parecemos estar condenados a reflexionar continuamente sobre decisiones pasadas, tratando de buscarle sentido y también para sentar las bases que justifiquen decisiones futuras. Nuestra aversión a la sensación de haber perdido y el pánico al “te lo dije” nos atascan en el costo hundido sin importar el costo de ese compromiso. Desprenderse, por tanto,  de ese compromiso es el primer paso para poder afrontar y superar una mala decisión
  2. Identificar un posible remedio. A veces una mala decisión no es el fin del mundo. Aplícar la filosofía del “vaso medio lleno y no medio vacío” como primer paso para encontrar solución o vías que al menos minimicen el error. El refranero español dice “no hay mal que por bien no venga”. No se trata de poner parches sin criterio, sino tratar de paliar o enmendar  el error – si es viable -con rigor.
  3. Extraer lecciones aprendidas. ¿Podríamos realmente haber previsto la consecuencia de una mala decisión? A veces no es posible evitar que algo salga mal. Alquilar un apartamento y que a los pocos días se inunde por un descuido del vecino de arriba no era previsible cuando tomamos la decisión, o elegir un trabajo a priori estupendo que se frustra al año porque la compañía sufre un desastre financiero por motivos externos que nadie presagiaba. No obstante, hay que ser honestos y admitir que hay un montón de malas decisiones que podríamos haber evitado. Es importante tomarse un tiempo para entender en qué nos equivocamos. ¿Fuímos demasiado optimistas? ¿Escuchamos un consejo de alguien que no era la persona idónea? ¿Tomamos la decisión sin aplicar un mínimo proceso de análisis en su toma? Comprender los sesgos que nos condicionaron en la toma de una determinada decisión y extraer lecciones aprendidas puede ayudar a tomar decisiones más inteligentes en el futuro.
  4. Compartir el conocimiento.  Hay que vencer la tentación de barrer la mala decisión bajo la alfombra y pretender que nunca sucedió. Tomar la responsabilidad de admitir el fallo y compartirlo, a la vez que se transmite que se trabaja para remediarlo y que se aprende del error de manera honesta, puede mitigar el problema inicial y ganar el respeto de los demás.

Libros y lecturas al respecto. Para la tomas de decisiones

1.  Decídete, de los hermanos Heath. En mi opinión uno de los libros más didácticos, divertidos y prácticos para conocer el proceso de tomar decisiones – y aprender a tomarlas, se entiende que las de cierta enjundia- con un mínimo de rigor.

2. El test de la golosina de Walter Mischel

3. Las trampas del deseo de Dan Ariely

4. Las ventajas del deseo , de Dan Ariely. Ambos libros analizan los sesgos y los impulsos que nos empujan a tomar decisiones

5. Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman. El libro por excelencia sobre el funcionamiento del cerebro.

Para lidiar con las consecuencias de una mala decisión y afrontarla:

6.Iniciación al Mindfulness, de Daniel Goleman (el autor de Inteligencia Emocional)

7. Los patitos feos. La resiliencia. Una infancia infeliz no determina la vida, en la editorial DeBolsillo. La capacidad de ser resiliente viene muy marcado por el vínculo entre hijo y madre en la infancia. Un libro para conocer los mecanismos con los que ayudar a tus hijos a forjar esta capacidad.

8. El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Creador de la Logoterapia, su lectura invita a una profunda reflexión sobre la manera en que todo individuo puede enfrentarse a cualquier situación, en la que ningún error cometido o infortunio padecido es un impedimento para sobreponerse.