Hasta hace un par de años no había escuchado hablar sobre economía del comportamiento, y fue al toparme con una  charla TED de Dan Ariely, el autor de Las ventajas del deseo, que tomé interés por saber más del personaje, sus escritos y del campo de estudio mencionado. El curriculum de Ariely es abrumador y sus libros y artículos son han convertido en referentes desde que publicó Las trampas del deseo, el predecesor de Las ventajas del deseo. Airely resume el comportamiento humano en dos de sus máximas: 1) las personas asociamos nuestra moralidad al grado de engaño con el que somos capaces de sentirnos cómodos, 2)  normalmente aspiramos a considerarnos honestos y honorables a la vez que queremos sacar provecho del engaño.

El mundo actual está muy marcado por comportamientos consumistas y por la conectividad que nos proporcionan las redes sociales, de ahí la relevancia que ha cobrado el enfoque de la economía del comportamiento, centrada en analizar y explicar nuestra forma de actuar y sus repercusiones, observando patrones de comportamiento irracionales en muchas de nuestras acciones con el fin de poder trabajar para mejorarlas. Daniel Kahneman ya recibió un Nobel de Economía -siendo psicólogo- por su demostración de la irracionalidad en nuestra toma de decisiones. En su libro Las trampas del deseo, Airely se centró en los sesgos emocionales que nos empujan a tomar decisiones poco aconsejables, pero en Las ventajas del deseo ha optado por centrarse en la vertiente más positiva de la irracionalidad, porque si entendemos cómo somos irracionales entonces podemos pensar en cómo solucionarlo. Airely abre un amplio abanico de casuísticas, experimentos y explicaciones sobre nuestra vida cotidiana, desde los incentivos en el trabajo hasta la manera de ligar. Su estilo es tremendamente didáctico y no cae en el error de resultar excesivamente académico abrumando con datos o estadísticas. Hace un uso justo y correcto de los mismos, ya que en muchos de sus experimentos son irremediablemente la principal fuente de apoyo para las conclusiones que extrae. El libro se lee de un tirón porque engancha la familiaridad en los ejemplos y vemos reflejados en nosotros mismos muchos patrones de comportamiento, porque ¿quién no ha tenido alguna vez ganas de liquidar a todo un departamento de atención al cliente?

De todas las conclusiones y lecciones que se pueden extraer del texto, particularmente me quedo con tres ideas principales que nos empujan a la irracionalidad en nuestras acciones:

-Lo que Ariely llama “el efecto IKEA”: cuando somos nosotros los que transformamos algo mediante nuestro esfuerzo tendemos a sobrevalorarlo, sesgando nuestra perspectiva porque tendemos a creer que los demás la comparten.

-Nuestra tendencia a “cualquier solución es buena mientras sea la mía”.

-Incentivar demasiado el trabajo pierde sentido, porque se pierde la motivación. Es el llamado contrafreeloading, término acuñado por el psicólogo de animales Glen Jensen: muchos animales -especialmente mamíferos- prefieren ganarse la comida que recibirla sin ningún esfuerzo. Los incentivos bajos o moderados pueden ser útiles en el caso de tareas que requieren capacidad cognitiva, pero cuando el incentivo es elevado, desvían la mayor parte de la atención hacía la fantasía sobre la recompensa, repercutiendo negativamente en la productividad o la calidad del trabajo.

El libro de Ariely incita a reflexionar ineludiblemente sobre muchos de nuestros comportamientos cotidianos, pero también nos muestra que hay cosas que aunque podríamos corregir, sencillamente no queremos solucionar. Sabes que fumar mata, pero no lo dejas, o escribes un whatsapp mediante conduces por la carretera a cien kilómetros por hora. Tan claro es que ambas acciones son irracionales y que no se hacen sopesando ventajas y costes, como lo es que simplemente no dejamos de hacerlo. Cuando se inicia un engaño, este termina tomando impulso y se termina contagiando, lo cuál hace que a la larga bajemos el listón para todo el mundo, sólo así se explica que cada vez más toleremos como aceptables determinados comportamientos en la sociedad. El autor quiere elevar de nuevo ese listón, pero lejos de camuflar cualquier atisbo de moralina, simplemente quiere recordarnos que podemos protegernos de nuestra tendencia a engañarnos a nosotros mismos. Su escritura destila un entusiasmo contagioso y hace gala de un gran sentido del humor en su manera de aproximarnos a lo absurdo de nuestro comportamiento. Lo hace sin caer en el cinismo, consiguiendo un doble objetivo: divertir al lector pero transmitiendo rigor y seriedad en sus argumentos. Una lectura muy recomendable que nos enseña las contradicciones entre nuestros principios y nuestro comportamiento real, que alerta de lo fácil que es inducir comportamientos deshonestos -con los demás o con nosotros mismos- pero que abre la esperanza a que seamos capaces de reducir la incidencia de nuestra irracionalidad si se trabaja en el cómo.

 

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