Que el medioambiente que nos rodea está afectado por la acción directa del ser humano es algo que ya conocemos todos. El clima se ha vuelto extraño y poco predecible, precisamente cuándo más herramientas tenemos para pronosticarlo, las capas de hielo se están derritiendo y la lista de especies animales en peligro de extinción no para de engordar. Sabemos que nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, si son imprudentes o lo suficientemente valientes para reproducirse, se enfrentaran a ciudades costeras desaparecidas, tormentas cada vez más virulentas y catastróficas, incendios masivos y sequías que arruinarán extensas áreas de terreno. Digamos que hay un sentido general de todo eso que se nos cuenta, pero  ¿entendemos realmente la escala de lo que nos viene? Ese es el objetivo del libro de David Wallace-Wells, diseccionarnos con precisión -añadir que catastrofista se quedaría corto- las consecuencias que sufriremos si no tomamos medidas, reales, globales y mastodónticas, al respecto. Porque el quid de la cuestión  es que según él no calibramos la magnitud del problema, que es “peor, mucho peor, de lo que crees“.

El libro de Wallace es consecuencia de un artículo que publicó en el New York Times en verano de 2017 y que causó un auténtico revuelo por el retrato brutal que hacía del problema, haciéndose viral en RRSS. El libro es una implacable descripción de lo que el futuro cercano nos tiene preparados si no lo remediamos. En una de las secciones, denominada Elementos del Caos y descompuesta en doce capítulos con títulos como Aire irrespirable, Océanos moribundos o Muerte por calor, son suficientes para inducir ataque de pánico y ansiedad en el lector.

El libro es extremadamente eficaz para sacar al lector de la complacencia. Enumera datos que resultan muy interesantes: cada vuelo entre Londres a Nueva York cuesta el ártico tres metros cuadrados de hielo; por cada medio grado de calentamiento, las sociedades ven aumentar entre un 10 y un 20%  la probabilidad de conflicto armado; se espera que la producción mundial de plástico se triplique para 2050, momento en el que habrá más plástico que peces en los océanos del planeta. El mar se muere, literalmente: se está asfixiando. Pronto, los Alpes adquirirán un aspecto muy similar al de las cordilleras marroquíes del Atlas, y el Himalaya habrá perdido casi la mitad de su hielo en unas ocho décadas. Son tres de las muchas sentencias luctuosas que perlan este planeta inhóspito; un texto tan inquietante como su primera y lapidaria frase, que también recoge,  su efectista sobrecubierta: «es peor, mucho peor, de lo que imaginas». Está claro que hemos evitado la discusión durante demasiado tiempo, ya sea por la concepción -convencional hasta hace bien poco- de la emergencia ecológica como un asunto de “los pesados ecologistas” o de “grupos progres”, ya sea por lo incómodo de asumir un futuro, efectivamente, mucho peor de lo que uno está dispuesto a concebir. También hay la tentación, al pensar en el cambio climático, de centrarse en la negación como el villano de la pieza. El problema no es que dirigentes como Donald Trump lo nieguen, sino que un número cada vez más elevado de personas, entidades y gobiernos reconozcan el problema pero en realidad no hagan nada. El negacionismo climático, argumenta el autor, es esencialmente un fenómeno estadounidense (podríamos añadir el reciente del presidente brasileño) pero es que  Estados Unidos es responsable de sólo el 15% de las emisiones del mundo. “Creer que la culpa del calentamiento global recae exclusivamente en el partido republicano o en sus partidarios de combustibles fósiles es una forma de narcisismo estadounidense”. También alerta del efecto contrario: el eco fascismo y los movimientos radicales contra el calentamiento.

No obstante, el autor abre la puerta a la esperanza: estamos a tiempo de revertirlo y para ello recuerda que hay multiplicidad de enfoques con los que mirar el cambio climático y por tanto muchas las acciones a tomar y cómo conviene priorizarlas.

Una lectura angustiosa e incómoda que no deja indiferente y más aterradora que una novela de Stephen King, pero absolutamente necesaria.