Hace dos siglos que Mary Shelley dio vida en su novela a Frankenstein y desde entonces se han sucedido versiones literarias y las más recientes cinematográficas para transformarlo en un mito del terror. El iraquí Ahmed Saadawi bebe de la original idea del cuerpo fabricado por retales de otros cobrando vida, pero ahí acaban los paralelismos. Su magnífica novela se convierte en una audaz y mordaz crítica a la guerra, ayudado por el surrealismo de un Frankenstein sin el cuál no se podría explicar tan bien los mensajes que el autor consigue incrustar en el relato. La historia se sitúa en el Bagdag ocupado por los estadounidenses después de la derrota de Sadam, en el que la gente trata de recobrar su vida cotidiana de la mejor manera posible, entre atentados con bombas e inmolaciones de suicidas casi diarios. En una atmósfera de degradación y fracaso moral, prosperan los buscavidas, los corruptos y los arribistas frente a los que simplemente se ha dejado llevar, frustrados y resignados por el daño, el terror y la destrucción de años de conflictos. Esa gente que simplemente aspira a una cotidianidad tranquila, en la que los problemas principales sean la búsqueda de un trabajo, una vivienda digna, una escuela para los niños y las alegría y tristezas derivadas de las relaciones personales. Saadawi consigue pintar esas dos caras de la ciudad y las conecta mediante el ser sobrenatural de una manera tan original como efectista.

Hadi, un viejo y solitario chatarrero de mala reputación, no solo lleva en su saco todo tipo de restos que luego pueda revender, sino que también recoge restos humanos de los numerosos atentados que desmembran y destrozan cuerpos a diario en la capital, porque no soporta la idea de que se entierren a las personas incompletas, sin tiempo para darles la dignidad de hacerlo con sus cuerpos completos. Con esos trozos va cosiendo un cuerpo, al que llamará “sin nombre”, con la idea de enterrarlo y honrar a todos los que forman parte de él. Dado a la bebida, cuenta la historia a sus amigos, que conocedores de la fama de tabulador y mentiroso le ríen la gracia sin creerlo. Quizás en este punto el lector crea que vuelve a situarse en una versión sin más de la original de Mary Shelley, pero Saadawi lo solventa con una autoridad narrativa que engancha, dejando claro con rotundidad que su ficción frankenstiniana no aleja su intención de hablar con sobriedad sobre los traumas de la guerra. El “sin nombre” se convertirá en una especie de justiciero dedicado a matar, aplicando el “ojo por ojo”, a todos los que perpetraron las injustas muertes de los inocentes con los que se ha hecho su cuerpo, lo que sirve al autor para retratar el agudo sectarismo de Oriente medio y la falta de escrúpulos de los que ostentan el poder. Los militares que en su día coparon las filas de Sadam y que juran ahora fidelidad a los americanos, los periodistas oportunistas y aquellos vecinos avariciosos y ambiciosos decididos a aprovechar las miserias de la guerra son objeto de la crítica feroz del autor, que deja claro lo absurdo de cualquier conflicto bélico.

El tono de la novela cambia según el personaje que asume el papel de narrado. Pasado el ecuador, las andanzas del particular Frankenstein pierdan fuelle en detrimento del mosaico de historias paralelas que el autor crea para dar una visión  de los distintos conflictos que la guerra genera en según qué personajes. Aún así, la justamente multipremiada novela de Saadawi resulta original y perversamente divertida, además de un recordatorio a todo aquel  que tenga el privilegio de vivir en un lugar sin conflictos de lo inmensamente afortunado que es.