Si se oye la palabra Renacimiento se piensa, casi sin dudar,  en Leonardo da Vinci. Si se piensa en él, casi inmediatamente se recuerda la Mona Lisa. En el Renacimiento hubo muchos artistas excepcionales además de Da Vinci, por lo que relegarlos instantáneamente a un segundo plano es tan injusto como que a Leonardo se le conozca básicamente por la Mona Lisa, cuando fue un genio capaz de destacar en muchas facetas, más relevantes incluso que la de pintor. En 1501, la duquesa de Mantua -inmensamente rica y mecenas del arte-, pidió a un fraile que actuara como intermediario ante Leonardo, desesperada porque le hiciera un retrato. Cuando el hombre lo visitó en Florencia, encontró un estilo de vida “incierto e irregular” en el que “los experimentos matemáticos han absorbido sus pensamientos completamente, hasta el punto que no puede soportar la vista de un pincel“; aunque el fraile finalmente logró un compromiso por parte de Da Vinci, pasaron tres años sin comenzar a pintarla, por lo que ella cambió de táctica y le pidió una pintura de Jesús. Incluso así, él no accedió. Una anécdota que resume el espíritu de Leonardo y su poca predisposición a pintar, a pesar de que hoy día se le reconozca más entre el público general por esa faceta que por su talento para la ciencia y la ingeniería. Da Vinci se debatió toda la vida entre su resistencia a inclinarse a los clientes ricos y el de cumplir con los compromisos que aceptaba para poder vivir. Un hombre obsesionado por la ciencia y las matemáticas, que consumía su tiempo dedicado a la ingeniería, arquitectura, cartografía, estrategia militar o anatomía. ¿Fue la multitarea la culpable de que no pudiera lograr más cosas con su talento?

Abiertamente homosexual (no lo ocultaba a pesar de la presión social y religiosa de la época), vegetariano, extravagante en el vestir -con preferencia por el rosa-, errático en sus hábitos de trabajo y muy astuto en la autopromoción. Se podría decir que hubiera encajado perfectamente en el espíritu millennial y hipsters de hoy día. Hijo ilegítimo de un notario -que no pudo procurarle esos estudios porque en la época estaban vetados para los hijos nacidos fuera del matrimonio- se crió con “dos  madres” y fue totalmente autodidacta. Su curiosidad implacable fue una de las grandes claves de su desarrollo como persona y genio. Y una dosis de fortuna: con catorce años fue aprendiz en el taller de Andrea del Verrochio, que lo acogió “sorprendido” por el talento del muchacho a los catorce años; con diecisiete años, una acusación de sodomía a un joven de diecisiete años pudo llevarlo a prisión y acabar con su trayectoria si no hubiera sido, porque junto a él, acusaba a otro chico relacionado con la poderosa familia de los Medici, a la postre mecenas de Leonardo.

Isaacson advierte de la conveniencia de admirar la figura de Leonardo en todas sus vertientes, aunque se centra -contradiciéndose a sí mismo- en su faceta más artística y pictórica, dedicando mucho peso del libro a la misma, así como a su cuadro más universal, la mencionada Mona Lisa. Su entusiasmo roza el exceso, saludando las creaciones de Leonardo desde una contemplación que parece una veneración sumisa, donde los adjetivos “brillante”, “maravilloso” e “ingenioso” se usan sin economía alguna en el texto, al borde del derroche empalagoso. Resulta más interesante, cuando el autor nos muestra al Leonardo científico e innovador, el ingeniero y el médico secreto. Entre 1508 y 1513, Leonardo diseccionó al menos veinte cadáveres -algunos ya casi descompuestos- para estudiar y dibujar grupos de músculos, órganos, venas y arterias. Su análisis del cuerpo humano fue tan minucioso que determinó el funcionamiento de la válvula aórtica 450 años antes de que lo hiciera la medicina moderna. Pero su carácter multidisciplinar lo hacía caer en el peor de sus defectos, el de empezar muchos proyectos que no terminaba; dejó diseñadas máquinas para volar y “tanques” militares que nunca probó, una estatua ecuestre de varios metros de altura o un proyecto de desvío de un río que nunca se acometió. Su afán por abarcar más de lo que podía chocaba con su carácter perfeccionista, casi enfermizo; veía fallos donde otros veían obras maestras y dedicó dieciséis años a la Mona Lisa, hasta el punto que murió en el cuarto en el que la pintaba.

A pesar de la proliferación en los últimos años de textos, conferencias y mensajes sobre la importancia de la creatividad, este libro nos recuerda que talentos creativos como el de Leonardo son inimitables, y que su lectura sirve para deleitarnos y asombrarnos ante lo que determinados seres humanos son capaces de realizar. Isaacson comete el error -casi infantil y producto del marketing y las tendencias actuales- de caer en la elaboración de una especie de listado de cosas que favorezcan nuestra creatividad y nos puedan “convertir” en una especie de Leonardo. Un patinazo final que, no obstante, no emborrona un libro muy recomendable y que engancha.