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Arquitectura

Territorios improbables

He visitado muchas veces la ciudad marroquí de Marrakesch. Su famosa Plaza de Jamaa el Fna es un lugar duro, desangelado y sin ningún atractivo estético durante el día. Sin embargo, al caer el atardecer la atmósfera que se crea la convierte en un lugar mágico. Músicos, encantadores de serpientes, contadores de historias y espectáculos de todo tipo tienen hueco entre puestos de zumos de naranja y especias, justificando por qué se ha hecho tan famosa y esté declarada Patrimonio de la Unesco. No puedo evitar imaginarme en Jamma el Fna a Pedro Torrijos contando algunas de las historias de su libro Territorios Improbables. Torrijos, arquitecto y músico, es un contador de historias a la vieja usanza, un auténtico encantador de serpientes cuando de relatar se trata. Bien podría haber sido un trovador o juglar medieval de haber transitado por esa época, ganándose la atención del público ávido por escuchar sus historias. Torrijos, popular por sus hilos en Twitter sobre historias relacionadas con la arquitectura, ha publicado este libro como una extensión de los relatos que congregan en la red social a más de 150.000 (a fecha de esta reseña) lectores, expectantes por conocer cada semana qué nueva e interesante historia desarrollará en sus hilos.Su originalidad y gancho se basa en que cuenta historias sobre arquitectura, pero sin entrar en la parte más técnica y académica del término. “Territorios improbables” es un viaje por las historias de lugares tan extraordinarios que a menudo ni siquiera aparecen en las guías. Seguir leyendo “Territorios improbables”

Leonardo da Vinci

Si se oye la palabra Renacimiento se piensa, casi sin dudar,  en Leonardo da Vinci. Si se piensa en él, casi inmediatamente se recuerda la Mona Lisa. En el Renacimiento hubo muchos artistas excepcionales además de Da Vinci, por lo que relegarlos instantáneamente a un segundo plano es tan injusto como que a Leonardo se le conozca básicamente por la Mona Lisa, cuando fue un genio capaz de destacar en muchas facetas, más relevantes incluso que la de pintor. En 1501, la duquesa de Mantua -inmensamente rica y mecenas del arte-, pidió a un fraile que actuara como intermediario ante Leonardo, desesperada porque le hiciera un retrato. Cuando el hombre lo visitó en Florencia, encontró un estilo de vida “incierto e irregular” en el que “los experimentos matemáticos han absorbido sus pensamientos completamente, hasta el punto que no puede soportar la vista de un pincel“; aunque el fraile finalmente logró un compromiso por parte de Da Vinci, pasaron tres años sin comenzar a pintarla, por lo que ella cambió de táctica y le pidió una pintura de Jesús. Incluso así, él no accedió. Una anécdota que resume el espíritu de Leonardo y su poca predisposición a pintar, a pesar de que hoy día se le reconozca más entre el público general por esa faceta que por su talento para la ciencia y la ingeniería. Da Vinci se debatió toda la vida entre su resistencia a inclinarse a los clientes ricos y el de cumplir con los compromisos que aceptaba para poder vivir. Un hombre obsesionado por la ciencia y las matemáticas, que consumía su tiempo dedicado a la ingeniería, arquitectura, cartografía, estrategia militar o anatomía. ¿Fue la multitarea la culpable de que no pudiera lograr más cosas con su talento?

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