Si se oye la palabra Renacimiento se piensa, casi sin dudar,  en Leonardo da Vinci. Si se piensa en él, casi inmediatamente se recuerda la Mona Lisa. En el Renacimiento hubo muchos artistas excepcionales además de Da Vinci, por lo que relegarlos instantáneamente a un segundo plano es tan injusto como que a Leonardo se le conozca básicamente por la Mona Lisa, cuando fue un genio capaz de destacar en muchas facetas, más relevantes incluso que la de pintor. En 1501, la duquesa de Mantua -inmensamente rica y mecenas del arte-, pidió a un fraile que actuara como intermediario ante Leonardo, desesperada porque le hiciera un retrato. Cuando el hombre lo visitó en Florencia, encontró un estilo de vida “incierto e irregular” en el que “los experimentos matemáticos han absorbido sus pensamientos completamente, hasta el punto que no puede soportar la vista de un pincel“; aunque el fraile finalmente logró un compromiso por parte de Da Vinci, pasaron tres años sin comenzar a pintarla, por lo que ella cambió de táctica y le pidió una pintura de Jesús. Incluso así, él no accedió. Una anécdota que resume el espíritu de Leonardo y su poca predisposición a pintar, a pesar de que hoy día se le reconozca más entre el público general por esa faceta que por su talento para la ciencia y la ingeniería. Da Vinci se debatió toda la vida entre su resistencia a inclinarse a los clientes ricos y el de cumplir con los compromisos que aceptaba para poder vivir. Un hombre obsesionado por la ciencia y las matemáticas, que consumía su tiempo dedicado a la ingeniería, arquitectura, cartografía, estrategia militar o anatomía. ¿Fue la multitarea la culpable de que no pudiera lograr más cosas con su talento?

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