Gavin Francis combina su profesión de médico de familia con dos de sus grandes pasiones, escribir y viajar. Después de su aclamado Aventuras por el ser humano, una belleza de libro que recomiendo encarecidamente, Francis vuelve a deleitarnos con un relato fascinante, fiel a su estilo elegante y absorbente. El libro es un conjunto de veinticuatro ensayos que describen, como si de un viaje se tratara, los cambios que experimentamos en el lapso biológico de una vida, de las transformaciones y metamorfosis que nos suceden desde que nacemos hasta que morimos. Lo hace de manera convincente, con poderosos capítulos que resultan reveladores y que arrojan luz sobre muchos de los prejuicios y miedos que la sociedad mantiene sobre temas ligados a nuestra propia naturaleza. Su experiencia observando cuerpos en todas las etapas, desde nacimientos y bebes con enfermedades terminales, pasando por los bruscos cambios de la pubertad o el enfrentamiento a la muerte al final de una vida, se transmite con esa habilidad especial que tiene para que estos temas sean digeribles, ayudándose de sus constantes referencias a hechos o períodos históricos,  a los grandes pensadores del mundo antiguo (Roma y Grecia) y a escritores de todas las épocas. 

Francis reconoce que, como médico, siempre ha estado interesado en los cambios físicos, ya sean los forjados por el paso del tiempo, la enfermedad o un accidente. Ha visto pacientes con depresiones y cambios hormonales, el sufrimiento y la progresión escalofriante de un problema como la anorexia, los trastornos que provoca una psicosis o las metáforas corporales que “han preocupado a poetas, artistas y pensadores durante milenios”. En este caso, aunque sus puntos de referencia literarios son en su mayoría clásicos, incluye esta vez a gente como Borges cuando habla de la memoria, a Úrsula K Le Guin cuando habla de menopausia y al ensayista Anatole Broyard para hablar de cáncer de próstata. Su especial habilidad para mezclar y conectar medicina, historia, poesía y hasta ficción se muestra nada más comenzar el libro hablando de algunas de las transformaciones más extravagantes del ser humano mediante el mito de la licantropía. Nos recuerda que la primera transformación humana descrita por Ovidio es la de un hombre a lobo y ofrece una estadística en la que se afirma que el 70% de los profesionales de la salud mental de hoy día piensan que la luna llena influye en algunos de sus pacientes, a pesar de que no hay evidencia creíble que la sustente. Francis describe la enfermedad (porfiria) que puede explicar en parte las leyendas de la licantropía y la transfiguración lunar; relaciona tales historias (y casos contemporáneos) con las Eclogues de Virgilio, La Metamorfosis de Kafka y la larga tradición de animales humanizados en la literatura infantil. En medicina e imaginación, nunca somos del todo nosotros mismos; Francis cuenta su particular anécdota, cuando siendo estudiante de medicina, tuvo que ver a un paciente que tenía un cuerno de dos pulgadas saliendo de su frente.
Francis tiene una forma atractiva de escribir sobre historia médico-cultural, acercándonos, por ejemplo, a la representación que tenía Leonardo da Vinci sobre la concepción y cómo la representó, una imagen completa con canales conjeturados desde los senos al útero y un conducto oscuro que conectaba el cerebro, la columna vertebral y el pene. También resulta muy curioso su explicación sobre el origen de una técnica médica que consiguió popularizar una práctica habitual: la de los  felices padres compartiendo la ecografía de sus bebés. Fue gracias a la tecnología iniciada por Ian Donald, un profesor de Glasgow que la había visto utilizada en la industria del acero. “En el verano de 1955”, escribe Francis, “Donald condujo hasta un fabricante de calderas en Renfrew, con el maletero del coche lleno de cubos de quistes ováricos y tumores uterinos”, buscando entender qué los provocaba.

La amplitud de los intereses de Francis es tal que el libro es todo un derroche intelectual bien hilvanado pero que no abruma,  ya que cada uno de los 24 capítulos combina conocimiento mezclado exquisitamente con costumbrismos cotidiano en los relatos de los propios pacientes del médico, de los que, por supuesto, reserva la identidad.

Una lectura estímulante y didáctica, que ayuda a entender mejor nuestro cuerpo a a vez que despierta curiosidad por la historia y el conocimiento en general.