La inteligencia artificial (IA) será el agente de cambio más importante del siglo XXI. Transformará nuestra economía, cultura, la manera de relacionarnos, el proceso de toma de decisiones y cambiará nuestra mente de una manera que difícilmente podemos imaginar. Cualquier escenario imaginado para 2050 nos suena a ciencia ficción, y probablemente no sea cierto; pero si escuchamos escenarios posibles sobre 2050 que no suenen a ciencia ficción, probablemente no sean del todo realistas. Sobre el futuro dominio de la IA se auguran tantas bondades como malos presagios. En el siglo pasado, el tren, el avión, la electricidad o la radio sirvieron para fomentar un desarrollo espectacular en la vida humana, pero los avances tecnológicos también se utilizaron en guerras y conflictos mundiales. La manera de emplear la IA volverá a ofrecer un amplísimo espectro de usos, unas veces con  buenos fines y otras con todo lo contrario. Es por tanto, que una mejor comprensión de la misma es vital para entender los dilemas a los que nos enfrentamos, porque entre otras cosas, la ignorancia científica se convierte en receta para el desastre político en manos de gobernantes que no estén a la altura. Max Tegmark trata de abrir este debate escribiendo un ensayo de estilo accesible y atractivo para el público en general, en el que expone -de la manera más objetiva posible- todo el mapa filosófico de promesas y peligros de la revolución de la inteligencia artificial. 

¿Qué es la inteligencia? Tegmark relata una anécdota divertida al respecto. En un simposio sobre IA organizado por la Fundación Nobel, al que asistía con su esposa,  se les pidió a un grupo de destacados investigadores en el campo que definieran la inteligencia. Discutieron largo y tendido sin alcanzar un consenso, lo cuál resulta tan irónico como divertido, porque ni siquiera entre gente muy inteligente se ponen de acuerdo sobre lo que es la inteligencia. Tegmark parte de algo tan básico para poder desarrollar sus planteamientos, y hay que agradecer que haga un buen trabajo aclarando términos básicos y debates clave, y lo hace disipando mitos comunes desde el principio. Trata de desterrar la insistente imagen que la ciencia ficción más peliculera proyecta sobre los robots malvados que nos eliminarán de la faz de la tierra. El problema no está en la fisionomía más o menos robotizada de la futura IA, sino en las consecuencias imprevistas de desarrollar IA altamente competente. La inteligencia artificial no necesita ser malvada ni necesita ser confinada en un marco robótico para causar estragos. El riesgo de un ente superinteligente más avanzado que nosotros está en si sus objetivos estarán alineados con los nuestros. Tan sencillo y complejo a la vez. Como advierte Tegmark, en vez de preocuparnos por robots ciborg del futuro, bien haríamos por empezar a reflexionar sobre los algoritmos de algunas redes sociales, capaces de adivinar gustos, preferencias y nuestros estados emocionales para poder influirnos y e incitarnos a comprar o comportarnos de determinada manera.

Tegmark incluye un pequeño relato -con el que comienza el libro y sobre el que va volviendo a lo largo del texto añadiendo posibles rumbos de la historia- basado en un hipotético escenario futuro en el que el desarrollo de una IA se convierte en protagonista vital del planeta. Le sirve para ilustrar mejor qué cosas pueden pasar con esta IA con respecto a nosotros -buenas y malas- aunque tiende a derivar en la vertiente más catastrofista para recordar- no tanto alarmar- que es necesario comenzar a debatir sobre este asunto. Plantea doce posibles escenarios futuros que la sociedad podría seguir en los próximos milenios, la mayoría de ellos marcados por esa inteligencia superior a la nuestra; hay escenarios en los que nos extingue la nueva especie dominante, en otros convivimos y otros- los menos- en los que conseguimos que esta IA trabaje totalmente para nosotros.

El problema de Vida 3.0 es que Tegmark lleva el nivel del debate a un nivel tan avanzando en el horizonte, además de intelectualmente complejo, que es imposible que el público general sea capaz de alinearse en su iniciativa. Simplemente no estamos construidos mentalmente para pensar a tal escala, porque el lector corriente está más preocupado por mantener un trabajo que permita pagar la casa, el coche, las vacaciones y la educación de los hijos. Los interesantes debates que plantea el autor los dejamos a los intelectuales y -desafortunadamente- a los políticos, que apenas sí logran tomar decisiones en la escala de períodos electorales. A ese respecto, leí unas declaraciones de Yuval Harari ( Sapiens, Homo Deus) sobre estos planteamientos de Max Tegmark: ” me temo que en el caso de la revolución de la IA, como tantas veces antes en la historia humana, probablemente tomaremos las decisiones más profundas sobre la base de consideraciones miópicas a corto plazo. El futuro de la vida en la Tierra será decidido por políticos de poca monta que difunden temores sobre amenazas terroristas, por accionistas preocupados por los ingresos trimestrales y por expertos en marketing que intentan maximizar la experiencia del cliente”. Por reducionista que suene, que levante la mano el que no piense que así está la cosa.

A pesar de lo interesante que resulta la propuesta de Tegmark, el libro es difícil por más que se esfuerce en desplegar un estilo atractivo. Da igual las vueltas que des para endulzar el lenguaje,  porque los planteamientos, las disertaciones técnicas y los supuestos que el autor pone encima de la mesa pueden agotar al lector generalista, por mucho empeño que ponga en no tirar la toalla a medida que avanza en la lectura; en ese aspecto recuerda mucho al libro Superinteligencia de Nick Bostrom (más conseguido en mi opinión). Ahora bien, si estás dispuesto a una lectura concentrada y participar en un debate de altura, este es tu libro.