En un mundo devastado por un holocausto nuclear, un padre y sus dos hijos emprenden un duro camino en busca de una vida mejor. A lo largo del viaje se descubre qué los ha empujado a salir del sitio en el que habían sobrevivido, a pesar de ser uno de los pocos habitables que quedan en la Tierra. “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido; para los valientes la oportunidad”, una cita de Víctor Hugo que sirve a Locubin para abrir la novela y resumir la determinación de los protagonistas del relato.

 La humanidad alcanza avances tecnológicos que parecían impensables hasta hace muy poco, somos capaces salir al espacio exterior y fabricar medicinas que curan prácticamente todas las enfermedades. Sin embargo, la cara B de los grandes éxitos muestra lo que estamos dispuestos a tolerar a cambio del bienestar de una parte de la población. Pobreza, discriminación racial y religiosa, conflictos bélicos y una extensa lista de desequilibrios, ponen de relieve que no todas las vidas humanas se valoran por igual. Norte, sur, este y oeste, no solo son los puntos geográficos cardinales, sino una metáfora del statu quo de la sociedad actual. Cuanto más al norte y más al oeste mas rica y próspera es la sociedad, relegando al sur el papel de secundario, colgándole el cartel de conjunto de regiones deprimidas, conflictivas y dependientes del poderoso norte. Si añadimos la carrera armamentística como histórica herramienta de control y sometimiento, tenemos los mimbres que subyacen en el relato corto de Locubin.  La amenaza de conflicto nuclear entre EEUU y Corea del Norte, el éxodo masivo generado por la guerra de Siria,  el subdesarrollo africano o el intento de exterminio de los rohingya en Indonesia  pueden adivinarse como trasfondo del relato.

Se adivinan paralelismos con la obra maestra de Conrad McCarthy -La carretera- a la hora de ubicar personajes en un escenario apocalíptico y una carretera como fondo sobre el que montar el relato,  pero ahí acaban las semejanzas. Locubin -como Conrad- opta por no mencionar los nombres de los personajes en ningún momento. De esa manera señala una situación muy presente en nuestros días: la despersonalización que vivimos ante imágenes de inmigrantes muriendo ahogados en el Mediterráneo,  personas formando kilómetras colas huyendo de la guerra o refugiados hacinados en campamentos en muchos lugares del planeta. En el relato no importa quiénes son buenos y malos, porque ese rol se acaba intercambiando en la historia. Los malos que originaron la destrucción del mundo conocido ya no están, y los que sobreviven, terminan por replicar los mismos defectos que la sociedad actual nos muestra diariamente. La ambientación es la suficiente para que el lector imagine el mundo que ha quedado después de un conflicto nuclear masivo, y las motivaciones que empujan a la familia a emprender tan peligroso viaje se van desgranando mediante la aparición de una acertada serie de flashbacks.

Un relato metáforico sobre el existencialismo humano, que invita a reflexionar sobre nuestra capacidad para establecer códigos universales de moral, y la facilidad con los que los eludimos o borramos de nuestro camino cuando el instinto animal de supervivencia hace acto de aparición, ya sea por necesidad real o alentado por instintos más mezquinos como el de control y dominio sobre los demás.

Colonia Esperanza es la primera colaboración de Joseph Locubin y Thebookhunter.