Byll Bryson puede jactarse de ser uno de los mejores divulgadores científicos siendo periodista y escritor. No es que todos sus libros versen sobre ciencia (empezó escribiendo sobre viajes y lengua inglesa) pero su Breve historia de casi todo es un libro que debería ser lectura obligatoria, y con su nuevo El cuerpo humano, una guía para ocupantes, logra el objetivo de hacer por el cuerpo humano lo que su Breve historia…hizo por la ciencia, acercarnos a un conocimiento profundo de nuestra fisiología mediante un estilo que atrapa, un lenguaje accesible y la dosis justa e interesante de información. Ha hecho un doctorado en artículos, ha entrevistado a un considerable número de médicos y biólogos y ha leído una biblioteca de libros divirtiéndose en el proceso, lo que se traduce en un texto apasionante al ritmo de su elegante prosa repleta de chistes, anécdotas curiosas e ironía. Si compráramos todos los materiales de los que está hecho nuestro organismo y fuéramos capaces de “ensamblar” un humano en nuestro garaje, ¿cuánto costaríamos? Pues Bryson le pone precio a los materiales que nos componen (con la dosis adecuada de cada uno) y la cifra es de 110.000 euros. Bryson tiene la virtud de ser un excelente contador de historias, por lo que el libro parece un compendio de cuentos maravillosos, un recorrido por el interior de nuestro organismo en una especie de tour alucinante contado por un experto guía que además es divertido. 

Sorprenden las miles de tareas raramente reconocidas que  nuestro cuerpo realiza en nuestro día a día y por las que deberíamos estar agradecidos, sobre todo porque nuestro cuerpo es una maravilla de ingeniería biológica pero también un pésimo diseño. Somos muy frágiles y hay más de 8.000 cosas que pueden matarnos según una detallada lista de enfermedades y problemas de la OMS, pero a su vez el cuerpo nos cuida permanentemente y somos muy resistentes pese a lo mal que nos cuidamos, el poco ejercicio que hacemos y la cantidad de basura que comemos. La esperanza de vida humana mejoró tanto como en los 8.000 años anteriores, pero el estilo de vida actual hace que los niños de ahora tengan peores perspectivas de vida que la de sus padres, lo que según Bryson necesita de “soluciones políticas” no médicas: un hombre de treinta años de Harlem en Nueva York tiene una prospectiva de vida peor que un bangladesi  de treinta, ya sea por las probabilidades de accidente cerebrovascular, diabetes, enfermedad cardíaca y excluyendo las muertes por drogas y violencia. ¿Qué factores mejoran nuestra esperanza de vida? Bryson bromea afirmando que “una es que es muy útil ser rico” y otro “que no es una buena idea ser estadounidense.”

Bryson salpica sus magníficas explicaciones sobre nuestros órganos y funcionamiento con curiosas historias que atesoran la increíble capacidad del cuerpo humano: el niño que fue reanimado completamente de una hipotermia a pesar de que su corazón se detuvo durante horas, la azafata que sobrevivió a una caída de varios kilómetros acolchada por las copas de unos árboles, el buzo español que contuvo la respiración durante veinticuatro minutos, los mineros chilenos que trabajan varios kilómetros bajo la tierra, o el marinero que extirpó exitosamente el apéndice a un compañero en un submarino en plena guerra mundial sin conocimientos de cirugía. Pero Bryson, un tipo sensato, se preocupa por el uso excesivo y contínuo de los antibióticos en nosotros mismos, nuestros animales de granja y nuestras frutas, en una parte del libro (unas cinco páginas) que todos deberíamos leer, a pesar de lo aterrador que resulta; las enfermedades infecciosas superaran a las enfermedades cardíacas como la principal causa de muerte. En plena pandemia por el coronavirus, no hay mucho más que añadir.

Somos un catálogo de maravillas que camina y habla, ¿Y cómo celebramos la gloria de nuestra existencia? se pregunta Bryson. “Bueno, para la mayoría de nosotros haciendo ejercicio mínimamente y comiendo al máximo.” Una enciclopédica y deliciosa lectura con una conclusión final tan sencilla como manida sobre la receta definitiva para la vida: comer un poco menos, moverse un poco más.