Esperar es una lata. Y, sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas. Hay infinitas formas de demora: la que llega con el amor, la visita al médico, la espera en el andén o en el atasco. Esperamos al otro, la primavera, los resultados de la lotería, una oferta, la comida, la pareja adecuada. Esperamos la llegada del cumpleaños, un día festivo, de la suerte, el resultado del partido y el diagnóstico. Una llamada, la llave de la cerradura, el próximo acto o la risa tras el chiste. Esperamos a que cese el dolor, a que nos encuentre el sueño o aplaque el viento. Holganza, desvarío o aburrimiento. En el apretado calendario de las horas regladas, la espera es el folio en blanco que hay que rellenar.

El párrafo anterior forma parte del prefacio de este Ensayo, perfecto para resumir de qué va este libro. El tiempo regalado nos recuerda que no es fácil deshacerse de la ambigüedad propia de nuestra existencia en su característico pulso entre presencia y ausencia. No espere el lector una explicación de la paradoja más presente en estos momentos: la abundancia de falta de tiempo. No es, consecuentemente, un libro destinado a mejorar la productividad o el aprovechamiento del tiempo. Tampoco  es un estudio filosófico de la pausa, aunque por momentos lo parezca. Este libro es una manera muy estimulante y original de señalar lo gratificante que puede llegar a ser la lentitud y la espera.

Toda nuestra vida no deja de ser una espera, la de la muerte, solo que no reparamos en ella hasta que se aproxima el momento. Quizás, por eso, la espera necesitaba un libro como este, una deliciosa mezcla de filosofía, citas literarias y pensamientos sobre los espacios de tiempo que transcurren entre las distintos acontecimientos que llenan nuestra día a día. La vida se ha acelerado tanto que no parece que tengamos tiempos de espera, pero en realidad, es así, y como la autora afirma “vivir con prisas es hacerlo solo a medias, y la vida es demasiado corta para eso”. El libro es un texto amable, costumbrista, que puede resultar poético por momentos, pero también ácido en ocasiones, cuando nos recuerda que la espera también oculta otros significados: “hacer esperar es privilegio de los poderosos”, y “la tortura de la espera es símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático”.

Escrito en capítulos muy cortitos, puede que como un guiño a no tener que esperar demasiado hasta el siguiente paso en la lectura, lo más interesante, quizás, sea lo que provoca en el lector, esa reflexión que invita a rebelarse: la de reducir las esperas como modo de mejorar la propia existencia, no como medio para aumentar efectividad o productividad, pues esas, conducen a multiplicar la capacidad de realizar tareas, no necesariamente a disfrutarlas. Aunque la autora a veces peca de tremendismo a la hora de pintar la espera, casi de cualquier tipo, como algo negativo de lo que hay que huir, lo cierto es que es un libro bello y muy recomendable.