Esperar es una lata. Y, sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas. Hay infinitas formas de demora: la que llega con el amor, la visita al médico, la espera en el andén o en el atasco. Esperamos al otro, la primavera, los resultados de la lotería, una oferta, la comida, la pareja adecuada. Esperamos la llegada del cumpleaños, un día festivo, de la suerte, el resultado del partido y el diagnóstico. Una llamada, la llave de la cerradura, el próximo acto o la risa tras el chiste. Esperamos a que cese el dolor, a que nos encuentre el sueño o aplaque el viento. Holganza, desvarío o aburrimiento. En el apretado calendario de las horas regladas, la espera es el folio en blanco que hay que rellenar.

El párrafo anterior forma parte del prefacio de este Ensayo, perfecto para resumir de qué va este libro. El tiempo regalado nos recuerda que no es fácil deshacerse de la ambigüedad propia de nuestra existencia en su característico pulso entre presencia y ausencia. No espere el lector una explicación de la paradoja más presente en estos momentos: la abundancia de falta de tiempo. No es, consecuentemente, un libro destinado a mejorar la productividad o el aprovechamiento del tiempo. Tampoco  es un estudio filosófico de la pausa, aunque por momentos lo parezca. Este libro es una manera muy estimulante y original de señalar lo gratificante que puede llegar a ser la lentitud y la espera.

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