Para muchos conjugar el verbo procrastinar es más difícil que poner en práctica lo que significa. Procrastinar, el retraso voluntario de una acción a pesar de sus consecuencias negativas en el futuro, es una costumbre que conlleva una mala gestión del tiempo, que arraigada en nuestra conducta merma nuestra productividad profesional y lastra decisiones en nuestra vida personal. ¿Cuántas veces tendemos a retrasar el inicio o ejecución de una tarea bajo cualquier excusa? Elegir la dilación de nuestras acciones a cambio de un placer o estado de ánimo a corto plazo por lo planeado a futuro es algo que todos hacemos en algún momento, pero no somos conscientes del impacto tan dañido que puede tener si se convierte en un hábito.

En un mundo perfectamente racional, procrastinar no sería tan malo. Evaluaríamos el valor de nuestros objetivos a largo plazo y compararíamos con los placeres a corto, con lo que probablemente descubriríamos que resulta más rentable la ganancia a largo mediante pequeños sacrificios a corto. A todos nos fastidia realizar determinadas tareas cotidianas porque nuestro cerebro prefiere instalarse en un estado confortable y placentero que nos encauza al mecanismo del “después”, esa especie de tiempo imaginario en el que ya haremos las cosas que no nos agradan. El problema surge cuando descubrimos que no podemos demorar más enfrentarnos a la tarea pendiente, que se ha complicado con el retraso y que puede repercutir negativamente en otras de nuestras acciones o tareas. Si realmente fuéramos racionales, deberíamos ser capaces de discernir entre los dilemas que se nos presentan diariamente sobre cuál es la mejor decisión a tomar. Si fumamos, deberíamos dejarlo, no valen peros o condiciones, si engordamos, deberíamos practicar ejercicio y seguir una dieta equilibrada, si tenemos que hacer la declaración de la renta no dejarlo para el último día, y si nos pidieron un informe en el trabajo hace dos semanas, cada día que lo retrasamos aumentamos el riesgo de enfrentarnos al jefe o a la decepción del cliente. Desde este punto de vista, es bastante cuestionable nuestra racionalidad, porque un número significativo de ocasiones nos decantamos por lo que no debemos, si no ¿cómo se explica que tantas personas estén apuntadas al gimnasio y no vayan nunca?

No necesariamente se procrastina por pereza – el perezoso no quiere hacer nada, ni ahora ni después –  y no es fácil determinar en profundidad por qué procrastina cada uno, más allá de preferir retrasar lo que no nos gusta. Los psicólogos han descubierto que los que procrastinan de manera continuada tienen una concepción errónea de la razón por la que lo hacen o lo que significa. En mi opinión, profesionalmente suele ocurrir o bien porque no estamos suficientemente motivados – sólo nos gusta acometer inmediatamente las tareas que alimentan la motivación o suponen un avance en nuestra carrera – o bien porque hay connotaciones vinculadas al perfeccionismo; por descontado, si en nuestro trabajo la organización nos abruma con tareas, y eligimos demorar unas sobre otras por saturación, no es  procrastinar, es intentar sobrevivir al trabajo. Quizás añadiría el procrastinador “de riesgo”, aquel que asegura que deja sus tareas para el último momento porque trabaja mejor con presión, como si el estrés de último minuto fuera una explosión de adrenalina similar a la escalada o el puenting.

procrastinar

Si es por la motivación, tenemos un doble problema: procrastinamos y no estamos motivados. Si es por afán perfeccionista, también: procrastinamos y no terminamos nunca de estar satisfechos con lo que realizamos. Si obviamos al procrastinador de “riesgo”, tendríamos una tercera derivada, relacionada con la impulsividad, la tendencia a actuar de forma inmediata cuando se siente un deseo, lo que actúa negativamente sobre cualquier proceso riguroso de decisión y por tanto aumenta la probabilidad de procrastinar. Llegado este punto, la pregunta del millón, ¿qué clase de procrastinador eres?

Si quieres poner remedio al hábito de procrastinar, o simplemente saber más sobre el tema, entre la literatura que trata el asunto – muy en boga en los últimos tiempos porque  la procrastinación dinamita la productividad en las empresas – dos de los libros más reconocidos son Procrastinación de Piers Steel, y muy aclamado es La procrastinación eficiente, del prestigoso profesor de Stanford John Perry, en el que describe de manera amena y con precisión el bucle en el que vive el procrastinador y con el que muchos se identificarán. Si bien Perry no da soluciones, sí que propone algunas ideas para aprender a llevarlo mejor.

Si te consideras un procrastinador “profesional”, te recomiendo visitar el popular blog de Tim Urban, Wait for why (algo así como  Esperar, ¿por qué?) y visualizar la charla que adjunto a continuación, en la que nos explica de manera muy divertida por qué procrastinamos. Especialmente interesante la distinción que hace entre procrastinar sobre tareas de las que pende una fecha límite y entre las que no tenemos una fecha concreta para llevarlas a cabo.

En el post sobre el libro Originales, el profesor Adam Grant defendía que no es tan malo procrastinar, soportando esa hipótesis con ejemplos de personajes relevantes que, según él, procrastinaron con frecuencia en su vida: Leonardo da Vinci trabajó de manera intermitente durante dieciséis años en la Mona Lisa, y Martin Luther King estuvo escribiendo notas sobre su famoso discurso en Washington hasta minutos antes de su turno, y finalmente improvisó su célebre “tengo un sueño”. Para Grant el tiempo que procrastinas puede usarse para considerar ideas divergentes, pensar de forma no lineal y realizar saltos inesperados en tus enfoques. No soy quién para discutirlo, y puedo entender sus ejemplos como motivadores para todo aquel que procrastina más de lo deseado, pero lo cierto es que la mayoría no poseemos el talento de Leonardo da Vinci, porque difícilmente es creíble que la prolífica producción artística de este personaje fuera fruto de procrastinar con frecuencia.

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