La habitación es una novela corta, a medio camino entre el cuento, la fábula y un ensayo sobre la burocracia empresarial. Un relato conciso, que deja impronta y genera cierta ansiedad en el intento de buscar la respuesta correcta a lo que plantea su autor, Jonas Karlsson. Y es que lo que subyace en esta historia surrealista queda abierto a la interpretación de cada uno. Para todo el que trabaje en una oficina de una administración pública o de una empresa privada de cierto tamaño, reconocerá en muchos pasajes la naturaleza estéril de la vida que en ocasiones impera por la burocracia ineficiente, presa de la propia estructura inherente al sistema y por la particular interpretación de los que la aplican, muchas veces con poca diligencia.

Björn, el protagonista, es funcionario de un organismo oficial sueco,  no especificado porque realmente no es relevante para la historia. Un hombre extraño, tan irritante para los demás como irritable por sus colegas, una especie de adicto al trabajo, introvertido,  y que ve las conversaciones con otros seres humanos una pérdida de tiempo. De repente, un día, Björn descubre una habitación en la planta del edificio donde trabaja, y de la que nadie parece conocer su existencia. Un sitio donde comienza a refugiarse en sus pausas para aclarar pensamientos, reflexionar y que termina siendo un lugar de inspiración donde su rendimiento se eleva sustancialmente. El conflicto surge cuando el resto de compañeros duda de su existencia, tildando a Björn de loco y convirtiendo la convivencia diaria en inmanejable, aflorando todo un repertorio de conflictos posibles sobre la manera de trabajar y gestionar al grupo, y que resultan familiares. El sutil mensaje de Karlsson es muy claro a pesar de haber compuesto un relato impregnado de tintes kafkianos: cuando se vive y se trabaja en un mundo de absoluta autoridad, la verdad y la mentira son casi indistinguibles. Y es que todo gira en torno a la imaginación, o quizás no (ahí está la cuestión), del protagonista, porque como lector se llega a dudar de la existencia de la habitación o al menos con la nitidez con la que la disfruta su descubridor. Björn es un personaje que dedica sus esfuerzos a realizar tareas administrativas con la mayor eficacia posible cumpliendo con pulcritud las normas, paradójicamente para distraerse de lo aburrido de un mundo de reglas y regulaciones, donde poder y autoridad colisionan. El autor consigue sumergirte en el universo de Björn, invitando brillantemente a navegar entre el sentido y el sinsentido de cómo aprecia el mundo real este oficinista, que ha establecido su propio orden utópico de las cosas, tanto en la manera de trabajar como en las relaciones con los demás. Como lector quedas atrapado en la ambigüedad paranoide del conflicto central de la trama, la existencia de la habitación ¿Es la habitación un producto de la imaginación del narrador o un lugar real donde el sistema controla a los trabajadores? Por momentos, la psique del protagonista resulta perturbadora, desconcertando porque se duda si está provocada como síntoma de sucumbir a la estructura de cultura corporativa que ha consumido su identidad, o realmente ha perdido la razón. Surgen así reflexiones sobre nuestra vida cotidiana y las cadenas de mando, cualquiera que se nos ocurra, y que conducen siempre al poder corporativo o grupal.

Es una novela corta, de escritura sencilla, que consigue involucrar desde el principio, y con un final tan inteligente como estimulante, porque queda abierto a establecer paralelismos y reflexionar sobre el significado de una habitación como la de Björn en nuestro lugar de trabajo.

 

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