Pureza es la nueva y esperada novela de Jonathan Franzen, elevado a la categoría de mejor novelista americano de nuestro tiempo por la prensa estadounidense. Con su anterior novela Libertad publicada en 2010, y proclamada por algún sector de la crítica  como la novela del siglo, fue portada de la revista Time que llevaba diez años sin ser protagonizada por un escritor.

En Pureza el autor aborda el tema de la libertad y la verdad en relación con la exposición pública en internet a la que estamos sometidos diariamente como individuos, y a la cantidad de información sesgada que recibimos. En el libro imagina una organización antibelicista denominada Sunlight Project, una suerte de wikileaks, que trata de paliar la desinformación que sufrimos  mediante filtraciones siempre en nombre de la verdad. “Es mi novela contra las ilusiones de libertad tecnológica que tratan de vendernos los peligrosos iluminados de Sillicon Valley“, explicaba el propio Franzen en una entrevista al poco de publicar Pureza. Un intento, según él, de explicar varios conflictos: la lucha entre el periodismo tradicional y el digital dónde la información ya no es un trabajo de recopilación del reportero sino la suma de las noticias de otros medios, blogueros o personas anónimas de la calle, y donde el rigor informativo se difumina. Añade a ese conflicto otros relacionados con las parejas y las relaciones paterno-filiales para aderezar la historia, e incluso por momentos se diría que cobran más importancia que la considerada base de la trama. Aprovecha para criticar las tácticas de guerrilla de filtradores como Assange o Snowden, a los que califica de moralmente reprobables, y en el caso de Assange es especialmente vehemente en su descalificativos.

El título de la novela le sirve como sinopsis de lo que pretende. La lucha del individuo por su intimidad, como último reducto de su “pureza” amenazada por internet. Y también la pureza como virginidad de la información verdadera, la que no sufre ningún tipo de manipulación. Quizás por eso la protagonista se llame Purity Tyler, o Pip para los amigos. Una joven universitaria que arrastra la deuda de 130.000 € de sus estudios universitarios y que no puede devolver porque apenas sobrevive encadenando trabajos precarios y viviendo de okupa en Oakland. Pip terminará obsesionada por conocer quién es su verdadero padre, algo que lleva toda la vida ocultándole su madre de manera enigmática y con la que mantiene una relación malsana de amor-odio. Misma relación tormentosa que mantendrá con Andreas Wolf, líder de la organización Sunlight Project que se dedica al filtrado de información.

Fiel a su estilo, Franzen estructura la novela de manera similar a Libertad. Va otorgando protagonismo absoluto a diferentes personajes de manera secuencial. Una vez diseccionados pasan a ser sustituidos por otros, para finalmente reaparecer todos y resolver la trama. La trama al servicio de los personajes y no al revés. En mi opinión crea dispersión, porque la pormenorizada descripción en la que se embarca para cada personaje resulta tan milimétrica que hace perder al lector el foco de la historia. Es cierto que su depurada técnica le permite conseguir que la historia viaje entre los diferentes eventos que les suceden a los personajes, pero empuja al desinterés por continuar la lectura. Abruma la precisión quirúrgica con la que destripa la psicología de cada uno de los personajes, sus alegrías, miedos y fobias, preferencias sexuales, manías y costumbres. Lo hace con maestría, pero si lo que se busca es una novela trepidante, Franzen no es su autor, porque su estilo aboca a una lentitud exasperante de la trama.

Mezcla la denuncia propia del activismo político y por otro la psicología poniendo de relieve la endeblez de las relaciones afectivas. Lo mismo dramatiza sobre las relaciones entre padres e hijos, amistades y debilidades, o como el paso del tiempo y la rutina corroen matrimonios, que denuncia  la forma en la que vivimos ahora, con un mundo donde la información está repleta de secretos, manipulaciones y mentiras, con la corrupción en el ámbito energético, la influencia creciente de los fondos de capital riesgo que todo lo dominan o la contaminación del planeta.

Realmente la historia no necesita 700 páginas para ser contada. Es su cansina insistencia por penetrar exhaustivamente en el alma de cada personaje lo que la engorda hasta la extenuación. Hay críticos que dicen que ha recibido tantos elogios que pareciera estar inmerso en una continua búsqueda de la gran novela americana. Me recuerda a otro de los últimos mamotretos del enfant terrible estadounidense, James Elroy, y su Perfidia.

Aunque de nuevo parece tener de su lado a un gran sector de la crítica, si nos abstraemos de su técnica y de que ahora es el niño bonito de las letras americanas,  Pureza no está a la altura de Libertad y aparte del estilo de escritura, sólo la iguala en tamaño. Un auténtico ladrillo.

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