La globalización ofrece multitud de ejemplos de cómo se universalizan gustos y tendencias de todo tipo, pero ¿nos está unificando moralmente?. Michael Ignatieff ha liderado un ambicioso proyecto, el de tratar de establecer qué valores morales -si los hubiera- tenemos los seres humanos en común. Para este reputado filósofo de la moral, lo primero es olvidarse de los valores establecidos en relación a doctrinas, textos sagrados e instrumentos sobre derechos humanos si queremos aproximarnos a la respuesta de cómo se manifiesta el razonamiento en la vida real. Ignatieff recorrió durante tres años ciudades y regiones de seis naciones para conversar con sus habitantes y pulsar la cotidianidad. Personas que viven en favelas brasileñas, chozas africanas o son pandilleros en Los Ángeles. Encontró que la gente común es, en gran medida, indiferente al “discurso de la élite” de los derechos humanos y el derecho internacional. Lo que al final le importa a la gente es el contexto, y las generalidades sobre las obligaciones humanas y el razonamiento humano significan poco; aunque no aparece en el libro, esto bien se podría ejemplificar mirando la guerra de Siria, las migraciones masivas a Europa, la hambruna en África o el exterminio de los Rohingya en Indonesia. Esta contundente conclusión debería preocupar a líderes religiosos e ideólogos de todo tipo, porque lo que Ignatieff ha percibido es que las personas no comparten valores específicos sino lo que tienen en común. El lenguaje moral con el que la mayoría se identifica es el denominado por el autor como virtudes cotidianas: tolerancia, perdón, confianza y resiliencia. Estas virtudes cotidianas no son resultado de un razonamiento moral abstracto sino un mero producto del contexto.

Mientras los filósofos piensan en términos de la raza humana “más allá del velo de la ignorancia” para disertar sobre situaciones morales como especie, la gente común piensa en situaciones morales en términos de relaciones concretas con sus familiares, amigos o compañeros de trabajo. Al final, la gente se rige por un “sistema operativo moral” altamente dependiente del contexto de la comunidad en la que vive. La virtud, por tanto, se desarrolla desde la cuna hasta la tumba, como un hábito dentro de comunidades cerradas. No es ideológico, por lo que Ignatieff subvierte nacionalismo y cosmopolitismo. La virtud cotidiana está arraigada en los intercambios locales, “favoreciendo a familiares y amigos sobre extraños y otros ciudadanos”. Por supuesto, el autor hace notar la fragilidad de este equilibrio tan “local”, porque un sentido de comunidad moral es un logro precario que la violencia puede destruir en cualquier momento. Los ciudadanos corrientes de los estados democráticos, ante las demandas de los refugiados e inmigrantes desesperados que llegan a sus fronteras, están temerosos de los ataques terroristas e imploran a sus líderes que los protejan de los extranjeros. Así, por ejemplo, recuerda los atentados de París en los que las virtudes ordinarias podrían ser “indefensas ante la barbarie”, pero esas virtudes ordinarias volvieron a emerger después de la tragedia porque la virtud ordinaria significa “compromiso incipiente, no formulado, pero obstinado para volver a vivir juntos”, en la reafirmación de la comunidad ante la tolerancia articulada mediante la resiliencia.

Aunque gran parte del análisis en el libro se centra en individuos y grupos dentro de comunidades más amplias, el autor enfatiza la importancia que todavía juegan las instituciones para el fomento del desarrollo de la virtud. “El objetivo de una sociedad liberal es crear leyes e instituciones que hagan que la virtud sea ordinaria. En una sociedad decente, el amor no debería requerir que nadie sea un héroe”. Las instituciones públicas confiables son un requisito mínimo para la confianza y la reciprocidad, aunque la soberanía democrática no es una garantía a prueba de fallos -Ignitieff recuerda lo desilusionarte que está siendo la Sudáfrica post-apartheid- y a menudo choca con reclamos universalistas. Para él es más efectivo dejar de invocar estos como un estándar y apelar al sentido de generosidad localizado en las personas, la mejor manera de convertir lo global de nuevo en lo local y “hacer virtuosa la virtud”.