El filósofo Karl Popper afirmaba que la ciencia es un proceso que descalifica ideas conforme avanza, por eso uno no puede creer de manera razonada que la tierra es plana, algo sin embargo totalmente aceptado hace cinco siglos. La ciencia elimina ideas empíricamente, por más que nos resistamos a aceptar en el consciente colectivo determinadas pseudoverdades, los datos terminan antes o después por revelar la verdad. Sin embargo, la digitalización de nuestras vidas está distorsionando determinados procesos de anclaje de ideas e ideologías, provocando que pensamientos políticos o modas de cualquier tipo creadas por casualidad, se anclen en modo de orden establecido (afortunadamente muchas de ellas de manera muy efímera en el tiempo) contraviniendo cualquier estadística o empírica anterior. Esto se debe a que nos hemos convertido en un rebaño digital (La Colmena en argot de los programadores) que aupa y desmorona imperios empresariales a golpe de clic y fija modas y corrientes basadas en preceptos inconsistentes, frívolos y carentes de rigor. Para alertar sobre cómo estamos haciendo uso del mundo digital, Jaron Lanier -considerado uno de los pioneros de la realidad virtual- escribe este manifiesto Contra el rebaño digital, que a pesar del título es un alegato en favor de la digitalización y el avance tecnológico, pero a través de una feroz crítica sin paliativos al mal uso que se hace de la red. Lanier aboga por rechazar el totalitarismo cibernético como base para tomar la mayoría de nuestras decisiones, pero reconociendo la utilidad de muchas de sus ideas producto de la colectividad. 

En los comienzos de internet, la red comenzó dando sorpresas agradables con respecto al potencial humano. Se puede decir que un espíritu de positivismo invadía a todo el que era capaz de ver las infinitas posibilidades, el acceso ilimitado a información, compartir ideas y gustos similares con gente geográficamente muy distante, en definitiva era difícil no sentirse entusiasmado, solo se veían oportunidades en el horizonte. Un blogger criticaba a una multinacional aportando datos de algún tipo de abuso -el abanico es amplio, desde calidad del producto, explotación infantil en la fabricación, evasión de impuestos o un deficiente servicio de atención al cliente- y era/es celebrado como un triunfo sobre los órdenes establecidos y los abusos corporativos. Pero las nuevas tecnologías y las redes de comunicación son usadas demasiado a menudo para provocar violencia organizada y las nuevas pautas de relación social online fomentan el terrorismo en la red. Da igual si hay un chat sobre música, religión, deportes o moda, si un grupo surge en torno a un determinado tema, o estás con él o estás contra él. Si te unes al grupo terminarás adoptando el odio ritual colectivo que provoque todo aquello que opine diferente al grupo. Vídeos humillando a personas, insultos colectivos y auténticas cacerías despiadadas por los motivos más variopintos inundan la red a diario. La distinción entre credo y comprensión, entre ética y ciencia siempre ha sido sutil, pero parece ser que hemos decidido saltarnos cualquier tipo de barrera o límite. No es una cuestión de grado de moralidad o de ética, de si la mía o la tuya son la correcta, pero no se puede negar que el mundo online está convirtiendo al ser humano en menos amable, por decirlo suavemente.

Escribe Lanier “conozco a bastantes personas, sobre todo jóvenes, que se enorgullecen de tener miles de amigos en Facebook. Evidentemente, esa afirmación solo puede ser cierta si rebajamos el concepto de amistad. Una verdadera amistad sería aquella que nos permite conocer los rincones más insospechados del otro (…) La idea de amistad en redes sociales filtradas por bases de datos es obviamente una reducción de ese concepto“. En las redes sociales se vive una auténtica cosificación del ser humano, ya se nos mide en followers y en likes y el concepto de amistad vale menos que la colilla de un cigarrillo. No dejan de ser relaciones simuladas con el fin de adquirir notoriedad y poder, en una carrera por ver quién tiene más “amigos”. Algunos llegan a ser considerados Mesías, otros muchos no, pero el peligro comienza a estar en quiénes son erigidos y cómo gestionan posteriormente al colectivo de followers, especialmente cuando su bagaje cultural es medio o bajo. Los colectivos pueden ser tan estúpidos como sus integrantes individuales e incluso más. Lo normal es que un colectivo inteligente esté guiado o inspirado por individuo/s bienintencionados, pero también que un individuo inteligente guíe un colectivo mediocre, precisamente por eso; lo difícil es encontrar colectivos inteligentes dirigidos por un individuo estúpido (aunque el ejemplo de Donald Trump echa por tierra este argumento). Cómo utilizar bien a la multitud es el primer paso para alcanzar el éxito de cualquier emprendimiento, ya sea en política o en negocios, de ahí que Lanier alerte sobre la proliferación de Mesías en la red. El autor aprovecha para tratar en buena parte del libro de como este nuevo orden social es aprovechado en campos como la publicidad y la economía para gestionarnos a su antojo.

Lanier nos recuerda que en el mundo hay un enorme número de personas con un bajo nivel educativo, y de los instruidos muchos están subempleos o no despliegan todo su potencial. Si añadimos a los que están sumidos en la pobreza absoluta nos encontramos con un desperdicio de potencial humano abrumador. El problema de la digitalización es que aunque permite que todo este conjunto de personas acceda a información, que la conectividad nos permita escuchas voces y opiniones que antes no, que encontremos contribuidores lejos de los centros de excelencia, resulta que el mayor peso de la actividad digital es soportada por la gente menos formada, lo que está llevando a un empobrecimiento del potencial humano.

Para Lanier es necesario seguir avanzando tecnológicamente, proponiendo formas de mejorar el nivel de vida de todos a la vez, porque aumentando la riqueza de las personas a gran escala reduciremos los desequilibrios. Esto debería tener un mayor efecto sobre la moralidad, sobre la conciencia de lo necesario de tener un nivel educativo más alto y que nos permita subir el potencial humano, volver a usar la materia gris para poder controlar la tecnología que nosotros mismos estamos creando. Gente como Larry Page -confundador de Google- o Zuckerberg -Facebook- esperan que internet cobre vida en algún momento y persisten en el avance de la Inteligencia Artificial (IA), en contrapartida otros muchos no se niegan a tal avance pero piden en todos los foros posibles que meditemos sobre cómo gestionar esos avances. En pleno debate, una noticia de estos últimos días -que ha pasado desapercibida en los medios de masas- alertaba sobre los peligros de no controlar el avance de la IA. Un equipo de investigadores de Facebook ha tenido que apagar un sistema de IA en el que trabajaba porque las máquinas habían desarrollado su propio lenguaje de comunicación a partir del inglés,  resultando incomprensible para los propios programadores que no sabían que se decían las máquinas entre ellas, temiendo perder el control de las mismas.

Lanier compone un puñado considerable de ideas y opiniones desarrolladas sobre todos los temas controvertidos relacionados con la distorsión del uso de la red y la digitalización. Su estilo es muy árido y la estructura en la que organiza todo ese conjunto de disertaciones no parece seguir un patrón definido porque en el fondo da igual. Sin embargo es fácil obviar todo eso, porque lo interesante son los temas que pone sobre la mesa. El autor razona, filosofea, critica, aplaude, lamenta, se arrepiente y en definitiva construye una auténtica mina de datos para ser explotados en forma de debate. Parece menos interesado en lo que escribe que en desafiar al lector a proponer su verdadera versión de un futuro mejor. Mediante la crítica mordaz anima a seguir avanzando en la digitalización poniendo encima de la mesa toda la basura y los perjuicios que como colectivo nos provoca un uso deficiente e inadecuado de la red, como cuando los padres reprochan a los hijos adolescentes que se dejen de tonterías y no desperdicien su potencial. Pues eso.