Durante la infancia todo a nuestro alrededor tiene importancia, hasta el detalle más nimio merece nuestra atención. Los niños hacen todo tipo de preguntas sobre cualquier cosa, ¿qué significa esto?, ¿para qué sirve?, ¿por qué?, como parte del proceso de aprendizaje. Sin embargo, a medida que vamos creciendo pierde fuelle la curiosidad innata de fijarse en todo y nuestra capacidad de concentrarnos se vuelve más perezosa. Uno de los hábitos más nocivos que nos penaliza diariamente es no prestar atención. Siempre estamos tratando de hacer las cosas lo más rápido posible, por lo que muchas decisiones que tomamos se hacen sin recopilar suficiente información y fijarse en los detalles. Cuando vemos películas o leemos novelas de espías y detectives, una de las habilidades más envidiables es la representada por el personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle, el detective Sherlock Holmes. Holmes tiene la capacidad de leer rápidamente una situación y llegar a una teoría que la explica. El libro de María Konnikova trata de mostrar que cualquiera puede perfeccionar las mismas habilidades de observación, análisis y deducción que el inmortal personaje de ficción.

Sherlock Holmes ha desarrollado un talento especial a la hora de observar a las personas, el entorno y circunstancias que las rodean, convirtiendo ese proceso de extracción de información en una poderosa herramienta que soporte sus deducciones. La habilidad para encontrar pistas sutiles en una entrevista personal, durante una conversación, una presentación o la observación del escenario de un crimen le permiten reaccionar a los hechos y tomar decisiones exitosas. Esta habilidad es reconocible en otros detectives modernos de la televisión, como los protagonistas de series como El Mentalista, Monk, Psych o CSI.

La autora usa los dos valores fundamentales de Holmes, la observación y la deducción, para montar su explicación del funcionamiento cerebral,  para explicarnos la distinción entre el cerebro frío y el caliente, entre la zona que toma las decisiones mediante automatismos y la más racional, la que necesita de la pausa y la reflexión. Pero se apoya también en el personaje del famoso detective para interseccionar la parte más científica, proveniente del análisis cerebral, con la imaginación y la creatividad, construyendo un libro convincente en su intento de hilvanar el resultado procedente de datos científicos con la ficción novelada producto de la imaginación. Como decía el físico ganador del nobel, Richard Feynman, en una entrevista: “es sorprendente que la gente no crea que hay imaginación en la ciencia”…”hay una clase muy interesante de imaginación, diferente a la del artista. Hay una gran dificultad en intentar imaginar algo que nunca has visto, que es consistente en cada detalle con lo que ya se ha visto y que es diferente de lo que se ha pensado previamente”. La imaginación toma elementos de la observación y la experiencia y las recambian en algo nuevo. No sé si la autora del libro conoce esta opinión de Feynman, pero al respecto hace toda una declaración de intenciones al principio del texto, usando el ejemplo de la disciplina de salto de altura en atletismo. Hoy en día vemos a los saltadores de altura cogiendo velocidad hacia el listón para, en el brinco final, girar sobre su cintura y saltar hacia atrás. No siempre fue así. En 1968, el salto de altura se hacía al estilo tijera (el que hacemos todos durante la época del colegio). El atleta Dick Fosbury pensó que hacerlo así no era la manera más óptima porque no le permitía saltar más alto y desarrolló el estilo hacia atrás, algo que nadie había imaginado antes como factible, porque a priori parecía ridículo. Sufrió risas y burlas al principio, pero fue integrante del equipo olímpico de EEUU y ganó la medalla de Oro en los Juegos. Desde 1978 nadie que no use ese estilo ha registrado un record. ¿Por qué nadie había pensado en reemplazarlo antes?. Cambiar el estilo no solo fue el resultado de cuestionar los datos, sino producto de la observación y la imaginación.

Konnikova se dio cuenta al releer las historias escritas por Conan Doyle, que Holmes encarna muchos de los descubrimientos actuales de la neurociencia y la psicología. Sherlock piensa como un científico, es alguien que además usa la meditación y la atención plena para aprovechar al máximo la red cerebral de un modo predeterminado, para establecer conexiones que le lleven a sus famosas deducciones. Para la autora, los personajes de Sherlock y el doctor Watson encarnan los denominados “cerebro caliente” y “cerebro frío”. En un momento del libro escribe “Tanto Holmes como Watson pueden formarse opiniones y hacer juicios con rapidez, pero los atajos que utilizan sus cerebros no podían ser más diferentes. Watson personifica el cerebro en su estado natural o “por defecto”, es decir, la estructura de las conexiones de la mente en su estado habitual, básicamente pasivo. Holmes personifica el estado que el cerebro y la mente pueden lograr; nos dice que es posible “recablear” su estructura para liberarnos de las reacciones instantáneas e instintivas que nos impiden juzgar el entorno con más objetividad y rigor”.

El libro aborda la misma temática que obras más influyentes como “Pensar rápido, pensar despacio” de Kahneman o “El test de la golosina” de Walter Mischel, por citar algunas, pero ha tenido una gran acogida porque el concepto es realmente original. La pasión -y conocimiento-de la autora por las historias del detective se nota en cada página y ha sabido combinar las investigaciones y los casos de Holmes para sustentar el argumentario más científico del libro. Una pega: en ocasiones la autora fuerza el ejemplo que elige de Sherlock para establecer paralelismos con lo que trata de explicar. En esas ocasiones no logra una comparativa creíble, sino que parte de situaciones a las que se enfrentan los protagonistas como base -débil –  para apoyar el tema que en ese momento aborda, pero se le disculpa precisamente por la originalidad de la propuesta.

Para alguien que haya leído obras como las que menciono -o similares-, no encontrará nada nuevo en este libro, por más original que sea su puesta en escena. Sin embargo, para los que no hayan leído nada sobre la temática relacionada con el funcionamiento del cerebro, sin duda que esta lectura puede ser una estupenda manera de adentrarse en los entresijos de la mente. Además podrá encontrar un doble estímulo. Por un lado, tomar ideas y trucos propuestos por la autora para entrenar la observación y la deducción. Por otro, despertar las ganas de leer -o releer- las famosas aventuras de Sherlock Holmes.

“Usted ve, pero no observa”

Sherlock Holmes