John Le Carré ha mantenido su vida envuelta en un halo misterioso en sintonía con el género literario por el que ha sido reconocido toda su vida, las novelas de espionaje e intriga. En este aspecto ha guardado paralelismo con Graham Green- ambos pertenecieron al servicio secreto británico- a la hora de mostrarse esquivo a entrevistas y apariciones públicas, como si ambos no se hubieran sacudido del todo costumbres adquiridas durante los años que pertenecieron al MI5. Tras admitir una “aversión infantil” hacia la prensa y un amor declarado por “la intimidad de la escritura”, David John Moore Cornwell – el verdadero nombre de Le Carré-  ha sentido a los 85 años que era hora de contar sus experiencias en primera persona, sin mediar los personajes que ideó en tantas novelas impregnados de su conocimiento y que condujo por tramas tan célebres como la del Espía que surgió del frío. En relación a la manera de trasladar su conocimiento a los personajes, confiesa en el libro cómo ha sido la fórmula que ha marcado sus procesos creativos: “primero viene la imaginación, luego la búsqueda de la realidad, para finalmente volver a la imaginación y al escritorio donde estoy sentado ahora”.
La lectura de su autobiografía es una mezcolanza de realidad y ficción, donde las vivencias contadas en primera mano se yuxtaponen con la similitud de pasajes de sus novelas, con los claroscuros propios de una trama de espionaje y anécdotas que recuerdan a las de algunos de sus personajes. Sorprende nada más empezar que Cornwell minimiza su trayectoria como espía – renunció al servicio secreto en 1964- al escribir que fue “una contribución insignificante”, aunque aprovecha sin embargo para resaltar una lealtad inquebrantable hacia los secretos de la época por su “deuda de gratitud hacia el MI5”, un gesto bañado de elegancia “brithish” teniendo en cuenta que renunció hace varias décadas. Se aviene a convertir su paso por el MI5 casi como si de una academia de escritores hubiera sido (vuelve el paralelismo con Greene), un lugar que le sirvió para cultivar una rigurosa instrucción en la prosa gracias a los altos oficiales entrenados clásicamente, que le inspiraron multitud de maneras de relatar. Su sutil modo de decir que apenas sí pasó de puntillas por el servicio secreto, contrasta con la contundencia con la que endurece el emocionante retrato de su padre, al que describe con cruenta franqueza y lo acusa demoledoramente de una infancia infeliz y de portarse muy mal con su madre.

Aunque el autor reconoce que “nació millonario”, esboza una infancia de infausto recuerdo de cuya época no ha sentido “ningún afecto” y que fue un “niño congelado” que no mostró ningún signo de descongelación hasta que falleció su madre, cuando contaba apenas cinco años. Una infancia que le ayudó a cubrir sus huellas, inventar historias consoladoras para tirar hacia adelante y terminar teorizando que las personas que han tenido infancias infelices aprenden a inventarse. Admite también que ser mentiroso se convirtió en un modus operandi porque así concibe su capacidad de invención, la del novelista de espías que no ceja de buscar en su yo interior. Sus recuerdos con Yasser Arafat, con señores de la guerra en los países en desarrollo, o anécdotas con Margaret Tatcher sirven para recordar que Le Carré siempre ha trazado historias en todas las fases de su vida y de la realidad que lo rodeaba, aunque le persiga la fama de las novelas surgidas en los años de la guerra fría.

Volar en círculos muestra un Le Carré dividido, satisfecho por sus invenciones y a la par enfurecido por las inhibiciones impuestas por sí mismo, de su anhelo por ser reconocido como un gran escrito y a la vez quererse sentir inmerso en la literatura romántica alemana, idioma y literatura a la que siempre ha profesado su amor. A pesar de algunos pasajes nostálgicos – lógico al repasar una vida de 84 años- y algunas reivindicaciones, los devotos de Le Carré reconocerán su habitual narrativa, intacta a estas alturas de su vida y disfrutarán de una vida novelada cuya memoria sustenta historia de nuestro tiempo. Las historias de espías se juegan en el conocimiento del terreno, no tanto de la acción, por eso gusta la autobiografía de Le Carré, porque su vida recuerda a los secretos y mentiras del mundo del espionaje. Le Carré destacó por encima de otros escritores del género por su profundidad en la moral de los personajes, por su capacidad para dotar de lineas rojas a sus protagonistas, de demostrar que aunque en las historias de espías se habla de secretos, información y desinformación, son las personas las que manejan la información en lo que siempre parece una agónica partida de ajedrez.

Aunque el autor admite que la ausencia frustrante de una nueva novela le ha empujado a dedicarse un libro a sí mismo, esta autobiografía quizás no se convierta en un super ventas, pero relata hazañas que bien podrían figurar en cualquiera de sus hits pasados.


Ya son tres las reseñas (Un espía entre amigos , Garbo el espía y este Volar en Círculos) las que he traído a Thebookhunter en relación al mundo del espionaje, sin realmente proponérmelo, pero supongo que son fruto de preferencias de otra época, ya que el género me fascinó durante mi adolescencia y juventud. Aunque ninguna de las tres es una novela, cuentan las interioridades del mundo de los servicios secretos y de cómo acciones relevantes se cocinan en los lugares más insospechados. Frederick Forsyth, Le Carré, Greene, Jack Higgins, me entretuvieron con sus novelas y me recuerdan que, aunque el mundo del espionaje y los servicios secretos nada se parece a la visión romántica de blanco y negro que se les atribuía, hoy en día casos como el de Edward Snowen o la irrupción de los hackers informáticos ponen de relieve que los secretos y la información siguen siendo un tesoro valioso que unos y otros intercambian para controlar el poder, para controlarnos en definitiva a todos nosotros.