Se ha reeditado la ópera prima de Juhmpa Lahiri, El intérprete del dolor, gracias a la éxitosa acogida que sus dos últimas novelas – Tierra desacostumbrada y La hondonada – han tenido entre el público hispanoparlante. El título del libro coincide con uno de los nueve relatos – o cuentos – que lo componen, conformando un abanico de emociones y conflictos vinculados a las relaciones humanas con los que muchos podrán sentirse aludidos. Los personajes de los relatos proceden de la comunidad india, pakistaní y bangladeshi instalada en EEUU y muestran muchas situaciones relacionadas con la disyuntiva emotiva que supone nacer, crecer y vivir en un país diferente al de las raíces de tus generaciones precedentes, que se afanan por no perder conexión con sus orígenes. La clave de que Lahiri conecte con todo tipo de público es que, a pesar de la idiosincrasia de esta comunidad, los conflictos emotivos que plantea en los diferentes relatos son universales, por lo que el desamor, las infidelidades, la tolerancia por una cultura diferente, el desarraigo o la añoranza por la tierra de los ancestros son reconocibles y asumidos por cualquier lector. La prosa de Juhmpa me recuerda a la de Khaled Hosseini – Cometas en el cielo, Mil soles espléndidos – y su capacidad para meterse en tu “estómago” cuando de agitar sensaciones se trata, aunque en mi opinión Lahiri abusa en sus descripciones de lo cotidiano, colmando de trazos el pincel con el que dibuja los escenarios en los que ubica a los personajes. La autora exhibe una técnica perfecta, que embriaga en los primeros relatos, pero que puede saturar en algunos momentos. Un peaje que se paga con gusto, porque apenas enturbia la elegancia con la que esta joven autora – ganadora del Pulitzer a los 32 años – describe muchos de nuestros conflictos interiores.