Una commodity es todo bien que tiene valor o utilidad, pero con un nivel muy bajo de diferenciación o especialización. El trigo, por ejemplo, es una commodity. Este cereal es un bien de consumo con una calidad mínima estándar, es decir, no existe diferencia sustancial entre el recolectado en una finca de España o una de Chile. Un ordenador, sin embargo, no es una commodity porque existe un nivel importante de diferenciación, tanto en el producto como en las ganancias que se obtienen con su venta. Habitamos un mundo que todo lo mira bajo el prisma de la economía, encaminado a un sistema basado en lo que el nobel de economía Joseph Stiglitz define como “un dólar, un voto”. El mundo de las finanzas ejerce su yugo implacable y nos empuja a convertir en commodity todo lo que sea susceptible de poder intercambiarse en el mercado bursátil. Por ejemplo, algo tan elemental como el derecho vital a tener una vivienda está sometido a la dictadura financiera, porque las casas ya no están pensadas para ser habitadas, sino para ser rentables. La comodificación de la vivienda convierte a las casas en fondos de inversión y transforma el hecho de habitar en un uso subordinado a la rentabilidad. La comodificación es el desequilibrio producido cuando el valor económico liquida todo lo demás. Materias primas, energía, vivienda… nada está libre de la comodificación, ni siquiera nosotros. Estamos creando un statu quo deshumanizado y carente de valores, en el que somos una commodity más, materia prima de baja diferenciación que sólo con el proceso adecuado de educación, formación, dotación de habilidades y competencias, pueda considerarse a futuro un bien valioso para el mercado. La tecnología está cambiando las normas sociales e influye poderosamente en nuestras elecciones. Nuestros hábitos cognitivos se están moldeando a la nueva realidad digital, donde prima la tendencia a la multitarea y el despliegue abrumador de muchos tipos de información. En el camino estamos perdiendo perspectiva y dilapidando la escala de valores, porque redes sociales y tendencias (creadas por nosotros) nos someten a la dictadura de la inmediatez,  nuestro foco de atención claudica ante lo efímero, y nos adherimos a cualquier corriente de opinión en la red con suma ligereza porque no nos paramos a pensar. Exhibimos insensibilidad al dolor ajeno a fuerza de contemplarlo como un espectáculo, y en menos de diez minutos somos capaces de mezclar mensajes de indignación por un atentado terrorista con los de celebración de la victoria del equipo de fútbol, o condenar las imágenes de los refugiados sirios hacinados a la vez que clicamos miles de ”me gusta” a la última ocurrencia banal del famoso de turno.
La Unión Europea asignó cuotas de “reparto” de refugiados y sobre todo de “devolución” masiva de ellos (no hay que ser demagogo por doloroso que sea, está claro que el problema no se resuelve acogiendo a todos, por más que humanitariamente sea el camino más sencillo). Sirios, afganos, iraquíes o pakistaníes son tratados “al peso”: tantos para ti, tantos para mí, devolvemos mil, nos quedamos cien. La admirada predisposición del gobierno alemán al comienzo de la crisis de los refugiados, no resultó tan generosa con el paso del tiempo y ante la magnitud del éxodo, mostrándose ahora cual operación financiera en el mercado de las commodities. Los refugiados son tratados como materia prima a la que transformar en futura mano de obra. Una vez adquirida la cantidad considerada suficiente, el excedente comienza a ser un problema. Los afortunados celebran con esperanza lo que creen que es el pasaporte a una nueva vida. Los rechazados, ya no se saben qué son, evaluados y catalogados como sobrantes, inservibles o no necesarios, elija cada cual la etiqueta que menos le avergüence. Los expertos comunitarios de Bruselas bien podrían estar usando la nueva red social , Peeple, que permite evaluar a las personas con las que se interactúa en los ámbitos profesional y personal, una aplicación para gestionar nuestra reputación online. Este sitio muestra en los perfiles de usuarios,  junto a la foto,  la puntuación de la persona, en un baremo comprendido entre las cero y las cinco estrellas, como hacemos con las películas, hoteles o restaurantes. Es cierto que Facebook o Twitter basan el interés de muchos clics en las evaluaciones positivas de cualquier cosa que se nos ocurra, incluidos nosotros mismos, pero Peeple es un paso más a una comodificación de las personas. No hará falta ser un refugiado para ser considerado no apto, sobrante o un mediocre.
Si sitios como Peeple triunfan, es probable que nos venza la tentación de sólo querer relacionarnos con perfiles de cuatro o cinco estrellas. Puedo imaginar también un mercado de commodities conformado por los que posean una estrella o dos, gestionados y manejados a su vez por los de cuatro y cinco estrellas. Seguro que la intención de los responsables de Peeple, además de hacer negocio, es crear un entorno que nos empuje a mejorar y desarrollarnos a partir de la crítica constructiva, una manera afable de calificar este sistema de puntuación, pero el riesgo de convertirlo en plaza pública para el linchamiento y abocar al vacío social es también muy alto. El personal branding, lo de gestionar nuestra propia imagen como si fuéramos una empresa, va camino de ser una tarea que requerirá muchas horas extra, y mantener intacta nuestra reputación puede convertirse en un trabajo en sí mismo. Tanta ansiedad generará el esfuerzo por intentar escalar posiciones en el ranking que permita ascenso profesional y social, como intentar evitar caer en el ostracismo por ostentar menos estrellas quedando abocado al pozo de la falta de oportunidades ¿Cómo controlar la evaluación de la multitud, esté o no cualificada para opinar sobre nuestro trabajo? ¿Cómo controlar que un antiguo empleado,  una compañera con la que no sintonizábamos o un exnovio despechados sumen apoyos que influyan a la baja en nuestra puntuación? ¿El guap@ sumará más automáticamente?

Si seguimos por este camino, los peor puntuados terminaremos cotizando en las bolsas junto a la soja y el cobre.