A finales de los años sesenta, los conflictos raciales en Estados Unidos vivían su momento álgido. Las protestas por los derechos civiles se habían traslado a los campus universitarios y los enfrentamientos empezaban a ser violentos. Esta historia retrata los hechos reales ocurridos en la Universidad Sureña de Texas, una universidad históricamente afroamericana, en 1968, un violento episodio racista entre manifestantes afroamericanos y policías blancos, que terminó con el asesinato de un policía, de manera accidental al dispararse el arma de un compañero suyo, y la brutal y desmedida represalia contra los estudiantes negros del campus. Narrado desde la perspectiva de dos familias, una blanca y otra negra, que descubren intereses comunes y que cultivan una estrecha amistad, describe de una manera contundente y desgarradora el martirio que suponía la convivencia en aquel tiempo para las personas de color, en el que superar las barreras raciales era, literalmente, un acto de valor. La familia blanca era la del padre de uno de los coautores del cómic, Mark Long, y la afroamericana, la del editor de The Voice of Hope (la voz de la esperanza) un semanario que luchaba contra la pobreza desde una organización humanitaria.

Cualquier persona, independientemente de su clase social y lugar de nacimiento puede alcanzar su propia versión del éxito mediante el sacrificio y el trabajo duro. Ese es, digamos, el concepto del Sueño Americano que vende desde hace décadas Estados Unidos, una sociedad estructurada para que la movilidad ascendente sea posible para todos. Un sueño americano mil y una veces ejemplificado en películas, series de televisión y documentales que sitúa a la primera potencia mundial en el destino anhelado en el que desarrollar proyectos vitales. Un sistema, sin embargo, perverso, que es también paradigma de una creciente desigualdad feroz y que proyecta dos caras muy opuestas del país, pues los fantasmas del pasado esclavista de la nación siguen vergonzantemente presentes en pleno siglo XXI. El resurgimiento del conflicto racial a raíz del incomprensible asesinato en junio de 2020 de George Floyd, un ciudadano afroamericano a manos de un policía, nos recuerda que cuarenta años después de los episodios relatados en el cómic (con sorprendente paralelismo) muy poco se ha avanzado moralmente en una sociedad que sigue chirriando y escondiendo sus miserias humanas detrás de los éxitos de sus empresas tecnológicas, su posición dominante en la esfera geopolítica y su “sueño americano”. Leyendo las páginas, uno asiste estupefacto a una cotidianidad  en la que niños blancos y negros se rehuían, los jóvenes adolescentes blancos tenían como pasatiempo pasear con sus coches por las avenidas de población negra  para insultar o buscar pelea, y una organización como el Ku Klux Klan, aún existente, fomentaba la violencia contra las personas de color visitando puerta a puerta las casas de los blancos.

Un cómic en el que se mezclan autobiografía, crónica social histórica y denuncia, con una estupenda factura en el dibujo y un guion correcto, que lidia con ajustada solvencia entre las vivencias personales del autor, por entonces un niño, y el retrato amargo de los hechos, pero que remueve conciencia y sumerge al lector en la rabia, la incomprensión y la impotencia.

El título proviene de una célebre frase de Martin Luther King: “Al final no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”