Scott McCloud es uno de los divulgadores y teóricos más célebres del mundo del cómic. Con su excepcional El Escultor, cruza la frontera y se viste de autor para crear una obra profunda y realmente notable. La trama sobre la que construye esta fábula moderna se basa en el mito de la leyenda alemana de Fausto, inspiración de multitud de obras literarias y cinematográficas para crear ficción: un erudito de gran éxito, pero también insatisfecho con su vida, hace un trato con el diablo, intercambiando su alma por el conocimiento ilimitado y los placeres mundanos. McCloud da un giro de tuerca, usando como protagonista “faústico” a un joven y prometedor escultor, que tiene ante sí la oportunidad de hacer un trato con la muerte: a cambio de dotarle de una capacidad increíble en sus manos para esculpir y crear cualquier cosa que se le ocurra, solo tendrá doscientos días más de vida. Desde ese mismo momento McCloud introduce en el lector la gran pregunta: ¿qué estarías dispuesto a sacrificar a cambio de poder desarrollar al máximo tu principal talento? Porque Scoot no dirige al foco a “qué harías a cambio del éxito, riqueza o poder”, sino hasta dónde llegarías con tal de poder expresarte o desarrollarte en aquello que más te apasiona.  El uso cuidadoso de lo fantástico por parte de McCloud le permite además explorar y mantener el enfoque en las emociones propias del amor de juventud o en problemas como la depresión, la ambición frustrada o la aceptación social.

El Escultor no es una advertencia a las consecuencias de verse cegado por las maravillas del poder o el reconocimiento, sino un recordatorio de la presión social que generan los muros que construimos entre nosotros y lo que sucede cuando los dejamos caer. Con un guion realmente notable, los dibujos son conmovedores en muchas ocasiones, repletos de sentido metafórico y con una puesta en escena y unas imágenes que bien podrían ser las de cualquier serie televisiva o película. Con la ciudad como escenario omnipresente, sus calles y edificios son una parte importante de la narrativa, dibujados con un sutil toque entre los azules apagados y un atractivo color negro con el que potenciar la carga emocional del dibujo. Ángulos cinematográficos rastrean rascacielos, calles, escaparates, mesas de café o galerías hípsters, siempre complementando a la perfección las acciones de los personajes. El escultor prueba sobradamente que McCloud está autorizado para hablar de cómic porque él mismo es un maestro en la confección del mismo.

Una historia de amor original y conmovedora, que además es un alegato para la defensa del arte en todas sus expresiones y que, aunque con un desenlace que cae en el eslogan fácil, nos recuerda que “tenemos que hacer que cada momento de la vida, cuente”.

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