Raymond Chandler es uno de los maestros de la novela policiaca, pero esta recopilación de cartas y escritos inéditos saca a relucir su faceta ensayista con sus pensamientos y reflexiones más intelectuales, que reflejan muchas de las facetas de su vida y de su personalidad -para gozo del lector- independientemente de si se es aficionado o no al género novelesco en el que destacó. A mis mejores amigos no los he visto nunca, es una suerte de autobiografía en la que se repasa su creación literaria, pero sobre todo se descubre la cara más íntima y humana de una existencia marcada por el alcohol y un estado emocional tendente a lo depresivo, que sin embargo le sirvió de palanca para desbordar creatividad y lucidez intelectual. Una vida marcada por profundos contrastes, pues su tormentosa relación con el Hollywood dorado de los años cuarenta y cincuenta -varias de sus novelas se llevaron al cine- le reportó una vida confortable que lo alejó de un pasado vital en el que bordeó la pobreza.

Gran parte del contenido de estas cartas y escritos inéditos fueron grabados por el autor en un magnetófono al abrigo nocturno del alcohol, que su secretaria pasaba a papel de carta y enviaba a destinatarios de lo más variado, especialmente a editores, escritores y personajes del mundo hollywoodiense. Las cartas de Chandler desbordan lucidez, ironía y una excepcional capacidad para analizar los entresijos del mundo editorial y de la escritura, pues disecciona con precisión qué supone ser escritor; si alguno de los lectores es escritor -o pretender serlo- este libro es un auténtico compendio de buenas y malas prácticas sobre la profesión. “Nadie que desee saber cómo ser un escritor, será nunca un escritor y, quien pregunte cómo llegar a serlo, por definición, se desenmascara”. Para el lector empedernido, deja también alguna perla como “Nadie que le dé una gran importancia a los libros lo será nunca tampoco (escritor), pues el escritor sabe mejor que nadie que cualquiera, hasta el lector más empedernido, renunciará antes a un libro que al alcohol, los pasteles, el sexo o el tabaco. 

Chandler es famoso por sus historias policiacas -crímenes y misterios que resolvía el detective Philip Marlowe-, pero frente a la personalidad de su personaje más carismático, él fue un hombre tímido y sensible. Cauteloso en su vida cotidiana, fueron sonadas sus corrosivas críticas a muchos personajes de la industria cinematográfica. Usó las aventuras de Philip Marlowe para desplegar todos los comentarios ingeniosos que no hacía en su vida cotidiana, soñar con las violentas aventuras que no podía experimenta y describir a las chicas encantadoras que no conocía. Siempre quiso ser juzgado por los estándares del arte y le frustró saber con qué frecuencia no los alcanzaba, a pesar del reconocimiento a sus novelas.

Chandler fue admirable tanto como hombre como escritor, aunque tildado de caprichoso y con tendencia a la auto fustigación. Aprendió un nuevo oficio a los cuarenta y había cumplido más de cincuenta cuando publicó su primera novela. Cuando sus libros se vendieron y Hollywood lo acogió en su seno, aceptó el abrazo pero no se ahogó en él. Se centró en su fascinación por escribir y se afanó en tomarse en serio su trabajo ayudando a que otros, con las mismas aspiraciones literarias, también lo hicieran. Hoy día, los críticos literarios lo siguen alabando y los estudiantes abordan tesis y trabajos sobre la calidad literaria de su obra.

Un libro muy recomendable para abandonarse al placer de la lectura en sí misma, para deleitarse con las reflexiones intelectuales y creativas de un hombre muy inteligente, que fue a la vez gran artista y fracasado. Maltratado por la historia, cultivó un virtuosismo menor a través de novelas policiacas, pero fue grande porque comprendió sus limitaciones y convirtió su estilo en algo que ha perdurado en el tiempo.