La curiosidad no es algo exclusivo del ser humano, pero sí lo es la capacidad de preguntarse por qué suceden las cosas. La curiosidad inspira los momentos más emocionantes en nuestras vidas, despierta el gusanillo por saber más y nos impulsa a la búsqueda de conocimiento. De niños entendemos relativamente temprano que cada efecto asociado con una causa es una cadena ininterrumpida de eventos. Es esa curiosidad inagotable de nuestros primeros años la que asigna valor a tareas que permitan el descubrimiento de nuevas cosas, en un proceso de decisión que maximiza el aprendizaje que conduce al descubrimiento de vínculos causales. La conversación, la lectura o viajar para conocer otros sitios y culturas, son actos cotidianos que realizamos impulsados por la curiosidad. Qué mecanismos se activan en el cerebro para estimular la curiosidad es lo que el autor,  Mario Livio, se ha propuesto mostrar con este estimulante libro: por qué nos preguntamos por qué.

El concepto de curiosidad es un hueso difícil de roer, algo que admite el propio Livio a la hora de enfrentarse al reto de explicarlo. Se percibe en el texto el admirable esfuerzo por transmitir ideas complejas, porque no es tarea fácil explicar de manera amena y comprensible el proceso cognitivo que activa en nuestro cerebro el afán por saber. La principal causa de la curiosidad comienza cuando se produce una brecha en nuestro conocimiento, cuando encontramos algo que no está en nuestro “almacén” de conocimientos, creando una “incertidumbre desagradable” para el cerebro y sumergiéndolo en un estado de “desasosiego” cuando la información existente no coincide con la deseada. La satisfacción de la curiosidad (de cualquier tipo, incluso la relacionada con el simple “cotilleo”) está estrechamente relacionada con el circuito de recompensa neuronal y mejora la memoria y el aprendizaje, especialmente cuando la información no satisface las expectativas previas y la exploración por hallar información adicional o nueva es activa. Esto además puede desencadenar un mayor nivel de curiosidad, pues cuanto más sabemos más queremos aprender.

La búsqueda de conocimiento ha sido una actividad peligrosa a lo largo de la historia; ya en la mitología griega hay referencia a castigos mortales por el mero hecho de ser curiosos (y que esa curiosidad cuestionara el pensamiento imperante del momento). O la medieval Inquisición, capaz de castigar a los que en su afán de conocimiento cuestionaban la doctrina mediante cualquier pensamiento divergente, porque la supresión de la curiosidad es una herramienta muy socorrida para subyugar a otros.

Livio dedica buena parte del libro a describir por dónde se encaminan los estudios científicos de investigación en este asunto, destacando que los neurocientíficos cada vez tienen más evidencias de la correlación entre una alta capacidad en áreas como la memoria y el aprendizaje y la condición de ser “curioso”; también que disfrutamos aprendiendo (satisfaciendo nuestra curiosidad) cuando el proceso no es ni demasiado fácil ni demasiado difícil. Después el autor cambia de rumbo bruscamente. Para soportar con ejemplos esta parte más sesuda del libro – en la que muestra estudios y resultados-  se centra en entrevistar a “curiosos” notables, felices de explicar sus motivaciones a la hora de satisfacer su inagotable curiosidad. Así, gente como Brian May -ex-guitarrista de la mítica banda Queen y también físico cosmólogo- describen cómo encauzan su permanente curiosidad. Uno comprueba en la lectura que es gente notable envueltos en una curiosidad notable, pero es difícil concluir que es notable por esa curiosidad notable, aunque parece lógico que una cosa lleva a la otra. Quizás esto se puede apuntar en el “debe” del texto de Livio. Por más que muestra datos, resultados y ejemplifica a través de algunos personajes determinadas causa-efecto, no consigue demostrar que poseer una curiosidad excepcional corresponde a capacidades excepcionales.

Livio dedica un interesantísimo capítulo a Leonardo da Vinci, para él la persona más curiosa que tuvo la humanidad -seguramente se podrían dar muchos ejemplos que discutieran esa apreciación personal- y también al final se permite ofrecer una serie de ideas para fomentar y mantener viva la curiosidad cuando envejecemos. En definitiva, un libro construido con un interesante equilibrio entre la documentación rigurosa y científica, con ejemplos bien seleccionados y que, voilá,  despierta la curiosidad. Un tema complejo, en el que el autor quizás apenas ha rascado la superficie del asunto, pero que para el público inexperto resultará más que suficiente y especialmente motivador.