Timothy W. Gallwey, entrenador de tenistas en los años setenta, decidió un día plasmar en un libro (1972) los fundamentos en los que basaba su filosofía de entrenamiento, centrada en aumentar el potencial de sus jugadores a través de la mente más que en la técnica. El libro, titulado El juego interior del tenis,  se convirtió en un éxito arrollador de ventas porque Gallwey había “descubierto” cómo crecer profesionalmente mediante una nueva forma de aprender. Después del tenis se dedicó muchos años a la consultoría de empresas, y llegado un momento tuvo claro que -para seguir haciendo caja- los preceptos en los que basaba su filosofía de entrenamiento tenístico eran perfectamente extrapolables a otros ámbitos profesionales, de ahí este El juego interior del trabajo. Más allá de los fines lucrativos del autor sobre la explotación de un mismo concepto, lo cierto es que para muchos Gallwey es el padre del coaching moderno, por eso podría merecer la pena la lectura de este libro.

En cada esfuerzo que realizamos encontramos dos ámbitos de compromiso, el externo y el interno. El externo es obvio: todo aquello que se percibe en las acciones que realizamos para ejecutar lo que fuera que estemos haciendo.  El interno es el que juega dentro de la mente, el que tiene lugar en los mecanismos decisorios que usamos y, con el enfoque de Gallwey, la importancia radica en los obstáculos que entran en juego, como los miedos, las dudas sobre uno mismo, fallos de enfoque, las suposiciones y las limitaciones de nuestros propios conceptos. El quid de la cuestión está en encontrar las claves que nos ayuden a superar los obstáculos auto impuestos que nos impiden acceder a nuestro máximo potencial. En términos muy simples, el juego (del tenis o del trabajo) se puede resumir en la fórmula Rendimiento = Potencial – Interferencia (R=P – I). El rendimiento puede mejorar sustancialmente si aumentamos el potencial o disminuimos las interferencias ( o ambos a la vez). Esa es la razón por las que acudimos a entrenadores, para aumentar el potencial y tratar de minimizar las interferencias que afectan al proceso de realizar cualquier acción, especialmente cuando estamos aprendiendo una nueva acción o comportamiento.

En el texto el autor aborda los obstáculos internos que las personas afrontamos en el trabajo y da sugerencias de cómo manejarlos. Su intención es mostrar cómo podemos aprovechar nuestro potencial natural de aprendizaje, rendimiento y disfrute en cualquier trabajo, sin importar cuánto tiempo lo llevemos haciendo o las pocas esperanzas que tengamos en aprender sobre él. Se propone enseñarnos que siempre hay oportunidad para agudizar habillidades, aumentar el placer en el desempeño laboral y aumentar la conciencia sobre él, en una especie de curso rápido sobre cómo dirigirnos a nuestros objetivos personales y profesionales mediante un nuevo enfoque de coaching. Ese enfoque pivota alredor de tres aspectos: conciencia sin prejuicios, claridad en el objetivo y elección, confianza en uno mismo.

Gallwey muestra cuál es la diferencia entre una actuación de rutina y una de recompensa (la que nos incita a seguir mejorando) y cómo podemos dejar de trabajar instalados en el modo de “conformidad” y pasar al nivel de modo “movilidad”. Un entrenador puede marcar la diferencia, por lo que encontrar ese entrenador que llevamos dentro es crucial para poder llevar a cabo sus sugerencias. En el libro encontrarás sugerencias para encontrar motivaciones con las acudir a trabajar cada mañana y ver el trabajo de una manera radicalmente nueva.

Quizás el ejemplo más ilustrativo que usa es el de “hablar en público”. Suponte que fijas como objetivo convertirte en un mejor orador. Empiezas a practicar con algunas sugerencias que te han dado, entre ellas, eliminar los “umms” que intercalas en el discurso. El problema es que ahora te concentras en eliminar los “umms”, perdiendo enfoque de lo que hablas, penalizando la corriente de pensamiento y creando otro problema. El mejor camino, para Gallwey, es pasar tiempo buscando variables clave que conformen un buen rendimiento y observarlas, pero no centrarse en mejorarlas o eliminarlas, porque descentran, sino hacerles un seguimiento. Si alguien nos cuenta los “umms” o las pausas mientras hablamos, midiéndo y comentándolo con nosotros posteriormente, haremos que a medio plazo su eliminación o ajuste forme parte del subsconciente sin hacernos perder enfoque.

El libro es eminentemente práctico, con muchas aplicaciones específicas. El lenguaje es cercano, el propio de un “entrenador” y su lectura fácil. Dicho esto, también diré que se hace cuesta arriba porque contiene demasiada paja. Da demasiadas vueltas a lo mismo: sobreexplota el concepto central. Es un mal del que adolecen ahora muchos ensayos, supongo que empujados por el editor de turno que entiende que es más vendible -porque parecerá más serio y sesudo- un libro de 250 páginas que uno de 50.

En los pros diré que contiene una lista muy detallada de ejemplos. Siendo un poco malicioso, diría que si entiendes el concepto de lo que plantea Gallwey al principio del libro y usando esta lista, te ahorras el 50% de lectura. Un “pero” más. Basa muchos de sus ejemplos en anécdotas de los setenta y ochenta (sus años dorados de consultor) lo que lo coloca al filo de la obsolescencia. No diría que es un recetario del abuelo batallitas, pero a la velocidad con la que cambian hoy día las técnicas de gestión o management, o plantea una edición actualizada con ejemplos propios de estos tiempos o tiene poco recorrido.