Una novela muda sólo es viable, por razones obvias, mediante el dibujo. Incluso el solo empleo de viñetas inmaculadas de escritura, sin abonarse al simplismo, se antoja una tarea harto complicada si se pretende contar una historia con sustancia y cierto empaque, por no mencionar lo arriesgado de la apuesta. Hoy en día se puede llegar a entender una película muda, pero salvo excepciones como The Artist que cosechó multitud de premios en 2012 (entre ellos cinco Óscar,) lo normal es que se convierta en un fracaso o sólo interese a un mínimo espectro de público. Para una novela muda el panorama es aún más pesimista, y el pronóstico de recorrido no es alentador a priori. Sin embargo Un océano de amor está cosechando una estupenda acogida, y en Francia ha ganado varios premios  cautivando al público en general, no sólo al de novela gráfica, con más de 60.000 ejemplares vendidos a fecha de hoy.

Un océano de amor es una deliciosa historia de amor con toques ecológicos, puesto que el océano y los peligros que sobre él recaen por la acción del hombre, sirven de apabullante telón de fondo en la historia de los dos protagonistas. Cada mañana temprano, como todas en su larga vida, un curtido pescador sale a faenar en su pequeño barco. Uno de esos días el hombre sufre un percance con otro mucho más grande. Consigue salvar la vida, pero su bote queda a merced de la deriva. Su mujer, al igual que el resto de esposas de los pescadores, espera pacientemente en el muelle su llegada como cada atardecer, pero él es el único que no aparece. La intrépida esposa decide emprender su búsqueda a toda costa convencida de que sigue vivo.

Una peligrosa aventura en el océano que cuenta dos viajes paralelos con la misma finalidad: la búsqueda del ser querido. Sin necesidad de una sola palabra u onomatopeya, el relato de la búsqueda es tan convincente como tierno. Transmite con veracidad la angustia de ella y las diferentes etapas emocionales de él: pánico a la muerte, miedo de no volver a verla, frustración por no conseguir llegar a casa. Un matrimonio entrado en años, sin hijos y que sólo se tienen el uno al otro, instalados en una rutina, su maravillosa rutina. Se respira la soledad de cada uno, la fuerza de voluntad de la mujer en su empeño por encontrarlo y el afán de supervivencia de él. El arranque del relato es una pequeña delicia costumbrista de lo cotidiano, y el momento que describe el desayuno diario que la esposa prepara al marido nos recuerda, salvando las distancias, a esa pequeña obra de arte que Pixar creó en Up cuando en el comienzo de la película nos cuenta la comprimida historia de amor, el ciclo de vida y cariño con dolores y renuncias incluidos, entre el protagonista de la historia y la compañera de viaje que se fue antes de ver cumplidos sus sueños.

El planteamiento de la historia es soberbio, y Panaccione acierta en la expresividad de sus viñetas y en el tono de los colores, que nos recuerdan a pueblo de pescadores y a lata vieja de sardinas. El ritmo es alto y la narrativa visual impecable. El problema es que la progresión de la novela se ve afeada bruscamente por la decisión de los autores, sorprendente, de introducir una variante demasiado delirante con situaciones variopintas y extravagantes en el contexto de la historia, rompiendo en seco el enamoramiento que uno siente por el relato hasta ese momento. El inexplicable giro argumental, aunque luego retoman el camino de nuevo, hace que Lupano y Panaccione no hayan rematado una obra excepcional, aunque es una licencia que se les puede perdonar en el conjunto de esta novela muda.

Una historia de amor de las de antes, tierna, con dosis de humor y repleta de concienciación ecológica a la vez que un homenaje a la dura vida marinera. Y sin una sóla palabra. Su “no lectura” ha sido una manera reconfortante de acabar el año. Recomendable.

 

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