En la década de los sesenta, el psicólogo Walter Mischel realizó un estudio con niños de cuatro años con la intención de demostrar que el nivel de control de los impulsos a esa edad podría ser premonitorio del carácter y de la manera de ser en la edad adulta.

El test era sumamente sencillo: un adulto entra en una habitación con un niño en la que hay una mesa con golosinas. Al cabo de unos instantes le dice  “ahora debo marcharme y regresaré en unos veinte minutos. Si lo deseas puedes tomar una golosina pero, si esperas a que vuelva, te daré dos”, lo que suponía una prueba seria de autocontrol.

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