Nuestro cerebro tiene diez mil millones de neuronas organizadas y conectadas mediante circuitos, dialogando entre ellas, gestionando nuestras acciones y decisiones cada segundo de nuestra vida. Hablan unas con otras mediante impulsos eléctricos y se valen de sustancias químicas en los mensajes. A los veinte años de edad nuestro cerebro alcanza su máxima plenitud y a partir de ese momento comienza a deteriorarse. El cerebro es un potentísimo ordenador que no siempre funciona como se espera que lo haga, y más allá de problemas derivados de anomalías, lo cierto es que muchas veces nos impulsa a tomar decisiones teóricamente incongruentes con lo que realmente deberíamos hacer si nos pararamos a reflexionar. Los recuerdos, por ejemplo, son una muestra de la complejidad de su funcionamiento, así si por ejemplo tomamos una comida que nos gusta, su sabor se almacena en una zona somatosensorial diferente a la emoción que provoca el comerla, y el nombre que define la comida en otra zona temporal del cerebro.

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