Hace mucho que Paco Roca se instaló en el Olimpo de la excelencia narrativa y con Regreso al Edén vuelve a deleitar con su sobresaliente capacidad para contar historias en las que personajes y contexto se fusionan para trascenderlas y sacudir la conciencia del lector, obligando a reflexionar sobre todo lo que subyace en el relato. Regreso al Edén es un recorrido por el pasado, mediante el emotivo y descarnado relato de los recuerdos propios: la historia parte de una foto familiar de la madre de Roca sacada en 1946 en la antigua playa de Nazaret de Valencia. Admirable la valentía con la que expone el pasado familiar, siempre con exquisito cuidado y la suficiente distancia para no juzgarlo moralmente (muchos de las conductas eran un reflejo de la sociedad de entonces), pero sirviéndose de él para contar lo que era España y lo que supuso para tantas familias salir adelante en la posguerra. Contado con esa habilidad que tiene para agarrar las tripas del lector, es un recordatorio de que parte de nosotros es la herencia vital de nuestros padres y abuelos, de las que fueron sus vidas en sus circunstancias, sus pasiones, ambiciones y frustraciones, aunque fueran muy diferentes a lo que ahora nos rodea. Leer Regreso al Edén es una clase resumida de historia, de lo penoso que resultó vivir en un estado autoritario, de la tremenda y mala influencia que ejercía la religión y, sobre todo, de la desigualdad institucionalizada que existía entre los hombres y las mujeres, donde el machismo violento estaba socialmente aceptado.

Al lector menos joven le traerá, por momentos, amargos recuerdos de lo que sus abuelos y padres contaban de ese período; mi abuelo, sin ir más lejos, estuvo prisionero en Valencia durante la Guerra Civil, en una guerra en la que no decidió si quería luchar, reclutado a la fuerza cuando era un adolescente, incapaz de madurar todavía si eran los ideales que apoyaba. A la vez , Roca te reta a no olvidar nunca lo que fuimos para que las generaciones venideras no cometan los mismos errores, precisamente en un tiempo en el que una clase política mediocre (toda, sin distinciones) se ha empeñado incomprensiblemente en volver a dividir el país en “rojos” y “fachas”. Roca consigue emocionar en el costumbrismo de las vidas retratadas y provocar el nudo en el estómago al sentir como propios los recuerdos familiares del otro y lo consigue además sin ánimo de hacerlo desde el bando ideológico en el que cohabitaban los personajes porque este viaje al pasado no va de eso y porque, por otro lado y como él siempre ha defendido, “en la guerra no hubo vencedores, al final, perdieron todos”. Es también una reivindicación a las mujeres, a las que nadie les preguntaba qué querían ser cuando fueran mayores, condenadas a ser amas de casa e incluso expuestas a la presión social de  no quedarse solteras. Sin embargo, en este recorrido por la memoria que hace Roca, destaca por encima de todo su mensaje más positivo y emotivo, el de la capacidad que tenemos de encontrar felicidad incluso en los momentos más amargos de nuestra existencia, de cómo la fijamos en nuestro recuerdo para poder acudir a ella siempre que lo necesitemos. Eso es lo que hizo su madre, Antonia, con la foto de la playa que guardó toda la vida en su mesita de noche y que ha servido al autor para invitar a que hagamos lo propio con nuestros recuerdos felices más entrañables sin olvidar los que no lo fueron tanto.